Por Azul García

Parecía que las cosas que pasaban en la vida real debían ser vistas en pantallas, leídas en diarios o escuchadas en la radio para ser consideraras reales, como si algo no pudiera ocurrir en las sombras de la vida cotidiana sin ser retransmitido y aún así ser verídico. También era muy común en las redes sociales, donde se subían constantemente fotos de eventos y de cosas en el mismo momento en que ocurrían, con intención de que todos vean, como si no pudieran suceder sin alguien que los estuviera mirando desde otro lugar. Así, era común entrar a Facebook y ver miles de fotos de gente publicando lo que hacían en vivo y en directo, como si con eso legitimaran, de alguna manera, que lo que ellos vivían había sucedido. (más…)

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Por Facundo Díaz

El dieciséis de junio de 1897, un joven que soñaba con ser pintor había visto, sin saberlo, por última vez, a su padre. Despertó y la luz del sol alumbraba con ternura la silla blanca de su escritorio. (También vio esa luz entrando por el ventanal de su despacho, 27 años después,  mientras se perdía en lo irreconciliable del adiós).

La noche anterior, su padre, Fred Loewenthal le había prometido pasar una tarde en la vieja estación de tren de su barrio. No le dio tiempo para alegrarse: entró sin golpear la puerta y lo obligó con la mirada a que se vistiera para salir. Lo demás es borroso, ya no podemos recordar los infiernos, nuestra vida es olvido o no es nada, y queda en la memoria en forma de puente oxidado, de agujero, de retazo o mugre de un amor corto.

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Por Facundo Díaz

Al finalizar el conteo de los prisioneros, el señor presidente Bernardino Rivadavia que vestía de traje, no pudo dejar de notar, encadenado a sí mismo y contra la pared, a un changuito tan virgen como la patria que se revolcaba de quietud. Se acercó y le pregunto de dónde era, cuántos años tenía, su nombre. El niñito, con cara de niño y piel de tierra, no lo miró ni le respondió y el señor Rivadavia sintió algo de pena, aunque no lo hizo público. Solo en algún espejo invisible vemos nuestros más internos pensamientos. El coronel ordenó que fueran puestos en prisión, la falta de respeto era inaudita para este unitario que no podía concebir a estos guarangos interesados en destituir el orden de Buenos Aires.

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Por Guillermo Kozlowski

El viejo Choclo entro a la oficina sin tocar a la puerta. Llevaba una carpeta casera de cartón áspero y mal doblado, llena de folios. La abrió sobre el escritorio y esparció su contenido. Muchas fotos y un informe escrito a máquina dando cuenta de cómo, según sospechaban, sería el modus operandi. En segundo lugar, un panfleto que llamaba a huelga, en el que al dorso se leían, escritos a mano, los nombres de cincuenta y tres obreras. Dos no estaban en la lista: Estefanía Siemel y Emma Zunz.

Aaron, sin hablar, miró los pocos pelos que conservaba aquel viejo obrero, recorrió las arrugas que dibujaban una imborrable ausencia, incomprensión y ofuscamiento típico de las personas cuya única norma es el trabajo duro. Un hombre sin emociones evidentes, entre concentrado y autista, más que enajenado. Reconoció que su ex compañero y ahora empleado, estaba flaco. Las piernas que solo soportaban pasos tambaleantes, aunque jamás se permitirían la ayuda de un bastón, buscaban asiento constantemente. Con poco detenimiento recorrió la lista completa de nombres, como si fueran obvios, como si ya la hubiese visto; los conocía. Posó el dedo sobre la señorita Zunz.

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Por Guillermo Kozlowski

A mi hermana le regalaron lo que ella quería. Yo fui sumamente específico: quería la imitación del sable de San Martín que vendían en Elvira Hogar, por bizarro que suene eso al tratarse de una casa de electrodomésticos. Ella quería esa Barbie con camisita y zapatitos y peinecito y vestidito y la mar en coche. A mi hermana le dieron la muñeca inútil esa y al hijo menor le dieron un calzón. Simpática concepción de igualdad en la que se basaban los viejos. Macanudos.

No me quedaba otra alternativa, ellos fueron el factor determinante. Acción y reacción. La escena estaba lista y a mí me decían el torito. ¿Qué iba a hacer? Ella me sacó la lengua y yo le metí un cabezazo. Ellos me mandaron al cuarto y yo fui. No era tan revolucionario entonces, ya habría tiempo para invertir el statu quo. Soldado que huye sirve para otra guerra, y el tiempo era mi mayor aliado. Más tiempo encerrado en mi cuarto significaba más tiempo para desarrollar mi plan malvado. (más…)

Por Facundo Díaz

La ley 11.723 de Régimen Legal de la Propiedad Intelectual condenó a otro hombre a la eterna merma de la imaginación. Adueñarse del dolor solo sirve para ganar dinero. Esta ley, como tantas otras, preserva el poder y la codicia, y castiga el intento que hacemos algunos por seguir soportando la existencia. Me pregunto qué corno sabrán de literatura los hombrecitos de saco y corbata que se sientan en la silla de juez; qué peligroso se torna el mundo cuando nuestro mismo orden nos desordena. Un economista no entiende porqué gastar dinero en reparaciones sociales y un cientista social no concibe la importancia del dólar. Un abogado no entiende de imaginación, de arte, de literatura, de innovación, de necesidad. Un escritor, al contrario, no puede vivir sin ello. Estamos perdidos. (más…)

Por Guillermo Kozlowski

1.La autora, la novia, la madre

En estos tiempos que corren, los tiempos del capital al poder y el pueblo al deber, la triada “autora, novia, madre” es como una brochette. Las tres van juntas, atravesadas por un mismo pinche y cocidas al mismo fuego. El capitalismo es una cosmovisión consolidada en el siglo XX y posiblemente lo siga siendo durante el XXI. En y por él se ha establecido una forma de construcción, entendimiento y relación con todo. Desde un libro, hasta una carta de amor. Lo mismo con las relaciones entre las personas. Desde una novia, hasta una madre. (más…)