Vuelta de tuerca


Por Alejandra Vallarino

Desperté en el bosque como todos los días, acostumbrado a la vida salvaje. He aprendido métodos de subsistencia y he luchado con los más feroces animales, aunque no siempre fui vencedor. Hacía ya un tiempo que no lograba quitarme una idea de la cabeza: ¿y si el lobo no fuese lobo? Es decir, ¿qué pasaría si decidiera cambiar y ya no matar para comer? ¿Por qué el lobo sí o sí tiene que ser el malo? ¿Por qué soy así? Tenía muchas preguntas imposibles de formular al resto de la manada porque no me tomarían en serio, me perderían el respeto. Hoy, finalmente, acordé conmigo mismo actuar de otra manera: simplemente ser otro, todo lo contrario a lo que había sido hasta ese momento. Prometí no hacerle caso a mi instinto animal cuando me impulsaba a matar a un ser vivo. (más…)

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Por Catalina Remon Arenillas

Quisiera obviar toda la parte del “había una vez” para pasar directamente a mi versión de la historia de Caperucita Roja, en la cual yo, el lobo, soy la única víctima. Habrán escuchado tal vez que Caperucita era una niña muy buena e inocente; pues déjenme decirles que de inocente no tenía nada. (más…)

Por Lucía Arenas

Lihuel y Quimey eran felices en nuestra tierra, pero intentaban no olvidar su antigua vida con los blancos. Sus ojos eran de un celeste profundo, aunque los de Lihuel tenían un tono más bien gris. Quimey llegó a nuestras tolderías cinco años antes que Lihuel. Por eso hablaba muy bien el araucano, aunque no había olvidado su lengua cristiana. Cuando Lihuel llego a nuestra tierra solo dejó que Quimey se acercara a él. El pobre estaba muy asustado y yo creo que lo aceptó porque los dos tenían casi la misma edad, y los mismos orígenes. Pronto se hicieron muy amigos. Uno le contó al otro cosas de su vida pasada y cómo en un malón los indios lo habían salvado de que lo pisara una yegua. (más…)

Por Germán Mentil

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 “… pasa día y noche tocando el piano, es lo único que hace, es lo único que puede hacer.”

No conocía a la señorita cuando solicité sus servicios; todo lo habíamos hecho por carta, por eso es que pude reconocer su letra. Mi objetivo era que se sintiera lo más confortable posible, deseaba que se quedase al cuidado de los niños por siempre, luego de la muerte de nuestra antigua niñera. ¿Había hecho lo correcto?

Tiempo después recibí una carta que advertía sobre ciertos sucesos que estaban ocurriendo en mi hogar. Aún no sé quien la envió, pero reconocí la letra de puño de la señorita Grey, la niñera. ¿Por qué tomó esa decisión? ¿De donde sacó esas ideas? ¿Qué tan culpable soy? Me pregunto continuamente. Sentí cierto descontento, ineptitud, enojo y mucha intranquilidad. Había dejado en manos de la señorita cualquier inconveniente durante mi ausencia, pero me preocupaba todo lo que estaba escrito en aquella carta; se notaba que había dedicado mucho tiempo en escribirla por la prolijidad y el perfume francés que se sentía con nitidez. (más…)

Por Pilar Martinez Albores

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“Al mirarme bajó los ojos. Juro que nunca había estado yo frente a un alma tan pura.”

 

Desde el día en que nos conocimos, la amé profundamente. ¿Debí haberme comportado de otra manera, ignorarla, tener un trato servicial y distante, frío quizás? Me la presentaron una tarde. Ella sería la institutriz de Miles y Flora. Pálida y delicada, no parecía una criatura de este mundo. Su apellido, musical como una risa o un balbuceo de bebé. Jessel…Jessel…Señorita Jessel. Al mirarme bajó los ojos. Juro que nunca había estado yo frente a un alma tan pura.

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Por Graciela Cabo

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  “¡Sólo me basta recordar aquella noche que llegó a mi habitación en ropas sensuales, con una vela y se sentó en mi cama!”

En la vida hay cuestiones que son inevitables. Cada uno en cierto momento debe tomar las riendas de su destino y moldearlo a su manera. Siempre lo supe.

Debo reconocer que durante mi infancia en Bly las cosas no fueron fáciles. En principio nos hirió la muerte de mi padre y desde entonces nos vimos sometidos a una vida de aislamiento y desafecto permanente por parte de nuestro tío. Digo nosotros porque Flora, mi hermana menor, sentía lo mismo que yo. No quería asistir al colegio pero mi tío no me dejó opciones acusando que la educación brindada por el Trinity College tenía un nivel excelente y me permitiría forjar mi futuro. (más…)

Por Lorena Lescano

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 “Estaba hermosa, como siempre. De pie, sostenía una bujía que iluminaba tenuemente la habitación.”

Todavía recuerdo la cara de aquellas personas que con suma atención escuchaban el relato que noches anteriores les había prometido y que había provocado en ellos una suerte de interés mayor del que había previsto. El final sobre todo dejó atónito a aquel círculo de personas que siguieron la historia noche tras noche junto al fuego. Según el relato de la institutriz ese niñito tan adorable, bello e inteligente había muerto. Pero no fue así.

El niño Miles de la historia no era otro que yo. El mismo que les estaba leyendo el manuscrito. Creí que lo mejor era cambiar mi nombre por Douglas para que no me preguntaran mi versión de los hechos que, de alguna manera, difería de la institutriz. ¿Por qué lo hice? No lo sé. Quizás era una manera de evitar que la traten como una paranoica que no hace otra cosa que ver fantasmas que no existen en la realidad, aunque sí quizás en su interior. (más…)