Narración


Por Eddie Agustín Murphy 

 

Sentado en un restaurante, mi sombrero en la mesa y el arma en su funda, terminaba de tomar la sopa y esperaba que el mozo no pasara de largo para poder pedirle la cuenta. Mientras, miraba a mi derecha, a mi izquierda, buscando algo que me distrajera o que me hiciera olvidar los pesos que iba a tener que sacar. No encontraba nada digno de mi atención. No había voces ni ruidos de cubiertos, me fastidiaba el ambiente aburrido del lugar, difícilmente encontrara algo divertido allí. La sopa calentaba mi pecho, la había tomado sin mesura; habría recibido un reto en la casa de mi infancia. Una casa de la que me había alejado por la guerra. (más…)

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Por Agustina Dahbar

 

El hombre levantó la mirada y en seguida sintió el corte. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio a su viejo amigo, Roberto Molina, malherido en la cara y en el pecho que, físicamente débil pero furioso, se disponía a vengar la muerte de su hija definitivamente.

El hombre echó una veloz ojeada a su abdomen, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente y sacó, finalmente decidido a matar, su arma. Su antiguo amigo vio la amenaza e inútilmente, tendido en el suelo, intentó protegerse, cubriéndose la cabeza con su brazo derecho. Pero su destino estaba decidido, y el hombre disparó. (más…)

Por Eddie Agustín Murphy

 

El hombre vio como el hielo comenzaba a resquebrajarse y en seguida sintió los peces que llegaban a sus talones. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio un pez que, pegando saltos y coletazos, trataba con sus largos colmillos de llevarse algo de comida.

El hombre echó una veloz ojeada a los dedos casi congelados de su pie izquierdo, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó una flecha del carcaj de pieles de su espalda. El animal en unos de sus saltos vio la amenaza, y se sumergió en el agua helada pero poco tardó en salir a flote atravesado por la flecha de madera.

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Por Facundo Beltrán

El negocio de la numismática venía en declive.

–Y sí, con esto de la interné los pibes ya no le dan bola a esto –le decía al dueño de la tienda un anciano cliente.Compró dos monedas bimetálicas de Afganistán y se retiró, entusiasmado.

El dueño de la tienda no sabía que más hacer. Ya había vendido las dos monedas milenarias mejor conservadas y se disponía a vender el patacón de plata sin circular que su padre tanto había atesorado. Las facturas lo perseguían. Sostenía a duras penas el negocio familiar heredado, más por nostálgica lealtad a su padre, que por rentabilidad práctica. Sus hermanos se habían apartado hacía tiempo de un negocio en el cual solo quedaban aislados millonarios extravagantes que ocasionalmente compraban una moneda antigua. El coleccionista cotidiano, aquel que tanto tiempo había alimentado la tradición de su familia, apenas subsistía encarnado en ancianos con mucho tiempo y poco dinero. Apenas mantenía con salario de pasante al desfasado joven que empleaba para poder ir al bar a la tarde. La única cuenta al día la tenía con el cantinero. (más…)

Por María Belén Maciel

Lo aparentemente real de algunas situaciones hace que hasta lo increíble se torne verdad. Ese es el propósito de la mentira, captar a su víctima de una manera muy astuta para que quede entramada en los hilos de la ficción que, en ciertas coordenadas de tiempo y espacio, para esa persona engañada, fueron reales. Cientos de personas caemos en estas artimañas, de más está decir que  la ficción no distingue sexo, ni edad, ni escala social, no existe en este mundo persona que alguna vez no haya sido engañada, a veces, muy lamentablemente; unas veces de manera consciente, otras no. En casos extremos, la mentira configura la vida de muchas personas, sus relaciones familiares o laborales, sacrificando la estima de unos cuantos en  provecho de otros. Pululan los casos de mentiras “verdaderas”, victoriosas o al menos verosímiles. Así fue el día que mis hermanos decidieron divertirse en base a la ficción. (más…)

Por Azul García

Parecía que las cosas que pasaban en la vida real debían ser vistas en pantallas, leídas en diarios o escuchadas en la radio para ser consideraras reales, como si algo no pudiera ocurrir en las sombras de la vida cotidiana sin ser retransmitido y aún así ser verídico. También era muy común en las redes sociales, donde se subían constantemente fotos de eventos y de cosas en el mismo momento en que ocurrían, con intención de que todos vean, como si no pudieran suceder sin alguien que los estuviera mirando desde otro lugar. Así, era común entrar a Facebook y ver miles de fotos de gente publicando lo que hacían en vivo y en directo, como si con eso legitimaran, de alguna manera, que lo que ellos vivían había sucedido. (más…)

Por Facundo Díaz

El dieciséis de junio de 1897, un joven que soñaba con ser pintor había visto, sin saberlo, por última vez, a su padre. Despertó y la luz del sol alumbraba con ternura la silla blanca de su escritorio. (También vio esa luz entrando por el ventanal de su despacho, 27 años después,  mientras se perdía en lo irreconciliable del adiós).

La noche anterior, su padre, Fred Loewenthal le había prometido pasar una tarde en la vieja estación de tren de su barrio. No le dio tiempo para alegrarse: entró sin golpear la puerta y lo obligó con la mirada a que se vistiera para salir. Lo demás es borroso, ya no podemos recordar los infiernos, nuestra vida es olvido o no es nada, y queda en la memoria en forma de puente oxidado, de agujero, de retazo o mugre de un amor corto.

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