Intertextualidad


Por Eddie Agustín Murphy 

 

Sentado en un restaurante, mi sombrero en la mesa y el arma en su funda, terminaba de tomar la sopa y esperaba que el mozo no pasara de largo para poder pedirle la cuenta. Mientras, miraba a mi derecha, a mi izquierda, buscando algo que me distrajera o que me hiciera olvidar los pesos que iba a tener que sacar. No encontraba nada digno de mi atención. No había voces ni ruidos de cubiertos, me fastidiaba el ambiente aburrido del lugar, difícilmente encontrara algo divertido allí. La sopa calentaba mi pecho, la había tomado sin mesura; habría recibido un reto en la casa de mi infancia. Una casa de la que me había alejado por la guerra. (más…)

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Por Agustina Dahbar

 

El hombre levantó la mirada y en seguida sintió el corte. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio a su viejo amigo, Roberto Molina, malherido en la cara y en el pecho que, físicamente débil pero furioso, se disponía a vengar la muerte de su hija definitivamente.

El hombre echó una veloz ojeada a su abdomen, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente y sacó, finalmente decidido a matar, su arma. Su antiguo amigo vio la amenaza e inútilmente, tendido en el suelo, intentó protegerse, cubriéndose la cabeza con su brazo derecho. Pero su destino estaba decidido, y el hombre disparó. (más…)

Por Eddie Agustín Murphy

 

El hombre vio como el hielo comenzaba a resquebrajarse y en seguida sintió los peces que llegaban a sus talones. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio un pez que, pegando saltos y coletazos, trataba con sus largos colmillos de llevarse algo de comida.

El hombre echó una veloz ojeada a los dedos casi congelados de su pie izquierdo, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó una flecha del carcaj de pieles de su espalda. El animal en unos de sus saltos vio la amenaza, y se sumergió en el agua helada pero poco tardó en salir a flote atravesado por la flecha de madera.

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Por Facundo Díaz

El dieciséis de junio de 1897, un joven que soñaba con ser pintor había visto, sin saberlo, por última vez, a su padre. Despertó y la luz del sol alumbraba con ternura la silla blanca de su escritorio. (También vio esa luz entrando por el ventanal de su despacho, 27 años después,  mientras se perdía en lo irreconciliable del adiós).

La noche anterior, su padre, Fred Loewenthal le había prometido pasar una tarde en la vieja estación de tren de su barrio. No le dio tiempo para alegrarse: entró sin golpear la puerta y lo obligó con la mirada a que se vistiera para salir. Lo demás es borroso, ya no podemos recordar los infiernos, nuestra vida es olvido o no es nada, y queda en la memoria en forma de puente oxidado, de agujero, de retazo o mugre de un amor corto.

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Por Facundo Díaz

Al finalizar el conteo de los prisioneros, el señor presidente Bernardino Rivadavia que vestía de traje, no pudo dejar de notar, encadenado a sí mismo y contra la pared, a un changuito tan virgen como la patria que se revolcaba de quietud. Se acercó y le pregunto de dónde era, cuántos años tenía, su nombre. El niñito, con cara de niño y piel de tierra, no lo miró ni le respondió y el señor Rivadavia sintió algo de pena, aunque no lo hizo público. Solo en algún espejo invisible vemos nuestros más internos pensamientos. El coronel ordenó que fueran puestos en prisión, la falta de respeto era inaudita para este unitario que no podía concebir a estos guarangos interesados en destituir el orden de Buenos Aires.

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Por Guillermo Kozlowski

El viejo Choclo entro a la oficina sin tocar a la puerta. Llevaba una carpeta casera de cartón áspero y mal doblado, llena de folios. La abrió sobre el escritorio y esparció su contenido. Muchas fotos y un informe escrito a máquina dando cuenta de cómo, según sospechaban, sería el modus operandi. En segundo lugar, un panfleto que llamaba a huelga, en el que al dorso se leían, escritos a mano, los nombres de cincuenta y tres obreras. Dos no estaban en la lista: Estefanía Siemel y Emma Zunz.

Aaron, sin hablar, miró los pocos pelos que conservaba aquel viejo obrero, recorrió las arrugas que dibujaban una imborrable ausencia, incomprensión y ofuscamiento típico de las personas cuya única norma es el trabajo duro. Un hombre sin emociones evidentes, entre concentrado y autista, más que enajenado. Reconoció que su ex compañero y ahora empleado, estaba flaco. Las piernas que solo soportaban pasos tambaleantes, aunque jamás se permitirían la ayuda de un bastón, buscaban asiento constantemente. Con poco detenimiento recorrió la lista completa de nombres, como si fueran obvios, como si ya la hubiese visto; los conocía. Posó el dedo sobre la señorita Zunz.

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Por Facundo Díaz

La ley 11.723 de Régimen Legal de la Propiedad Intelectual condenó a otro hombre a la eterna merma de la imaginación. Adueñarse del dolor solo sirve para ganar dinero. Esta ley, como tantas otras, preserva el poder y la codicia, y castiga el intento que hacemos algunos por seguir soportando la existencia. Me pregunto qué corno sabrán de literatura los hombrecitos de saco y corbata que se sientan en la silla de juez; qué peligroso se torna el mundo cuando nuestro mismo orden nos desordena. Un economista no entiende porqué gastar dinero en reparaciones sociales y un cientista social no concibe la importancia del dólar. Un abogado no entiende de imaginación, de arte, de literatura, de innovación, de necesidad. Un escritor, al contrario, no puede vivir sin ello. Estamos perdidos. (más…)

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