Por Facundo Beltrán

El negocio de la numismática venía en declive.

–Y sí, con esto de la interné los pibes ya no le dan bola a esto –le decía al dueño de la tienda un anciano cliente.Compró dos monedas bimetálicas de Afganistán y se retiró, entusiasmado.

El dueño de la tienda no sabía que más hacer. Ya había vendido las dos monedas milenarias mejor conservadas y se disponía a vender el patacón de plata sin circular que su padre tanto había atesorado. Las facturas lo perseguían. Sostenía a duras penas el negocio familiar heredado, más por nostálgica lealtad a su padre, que por rentabilidad práctica. Sus hermanos se habían apartado hacía tiempo de un negocio en el cual solo quedaban aislados millonarios extravagantes que ocasionalmente compraban una moneda antigua. El coleccionista cotidiano, aquel que tanto tiempo había alimentado la tradición de su familia, apenas subsistía encarnado en ancianos con mucho tiempo y poco dinero. Apenas mantenía con salario de pasante al desfasado joven que empleaba para poder ir al bar a la tarde. La única cuenta al día la tenía con el cantinero.

Esa tarde el desfasado joven no estaba. Faltaba una hora para cerrar la tienda. “Cierro temprano, si no me salvé hasta ahora, no me voy a salvar en una hora”, pensó con un frustrado resoplido el dueño de la tienda. Ordenó unos papeles y guardó unos inflados billetes alemanes de entreguerras que le había mostrado a otro cliente. Planeaba bajar la persiana para darse una vuelta por el bar y llegar a casa más temprano. Sentía una fuerte presión en la sien, producto probable de sus desgastantes cálculos para sostener la tienda. Tomó los candados y se acercó a la puerta. Cuando está abriendo la puerta, un hombre de aspecto desgarbado y avanzada edad ingresa a la tienda. Transpirado y nervioso, no parecía la clase de millonario aburrido de quien el dueño de la tienda esperaba la salvación.

–Buenas tardes, ¿en que lo puedo ayudar? –repitió mecánicamente el dueño de la tienda.

–Que tal, joven. Tengo unas monedas antiguas de mi familia que me interesaría saber cuánto valen, y si es posible venderlas. –respondió el hombre desgarbado.

–A ver, pase por acá –le indicó el dueño de la tienda, un tanto fastidiado y esperando ver el clásico kilo de australes que tenía más valor metálico que numismático.

El hombre desgarbado buscó en una bolsa, extrajo otra bolsa y sacó de adentro de ésta una cajita de metal oxidada. La abrió y la puso sobre el escritorio. No había más de diez monedas, todas ellas de cobre. Se vislumbraban a primera vista dos denarios de cobre de Galieno, moneda romana muy escasa y de alto valor. De inmediato el fastidio del dueño de la tienda se transformó en interés. Tomó la cajita con cuidado, tiznando sus dedos con óxido. Miró superficialmente las monedas, sin tocarlas ni hacer comentarios. Le pareció ver un Denario de Arsaos, pero se creyó engañado por la vista y el fuerte dolor de cabeza que no cedía.

–Deme un minuto –le pidió al hombre desgarbado. Abrió el cajón y tomó la lupa numismática. La acercó al ojo y examinó la moneda en cuestión.

–¿Y? ¿Tienen algún valor? –preguntó ansioso el hombre desgarbado.

–Son todas romanas, a pesar del deterioro, podrían valer una buena cantidad. Además, hay algunas escasas. Tendría que verificarlas con el catálogo, pero hay un inconveniente –respondió con cierto misterio el dueño de la tienda.

–¿Cuál? –respondió inmediatamente el hombre desgarbado, con visible nerviosismo.

En ese momento el forzadamente amable rostro del dueño de la tienda se transformó. Se levantó apurado, se acercó a la puerta y puso llave. El hombre desgarbado transpiraba mucho. Sus nervios eran muy evidentes.

–Si me dice donde consiguió estas falsificaciones, no llamo a la policía –increpó el dueño de la tienda al hombre desgarbado.

–Pe… pe… Pero… Eran de mi tío, han estado en mi familia durante generaciones                   –respondió el hombre desgarbado, con el tono de quien ensaya una disculpa.

–Caballero, trato con monedas romanas desde que tengo diez años. Y si bien esta imitación es excelente, los detalles son los detalles. Y créame que, con cuarenta años de experiencia, sé distinguir una moneda legítima de un falsario. En fin, o me dice quién le dio esas monedas o prepárese a dar explicaciones ante la ley.

El hombre desgarbado agachó su cabeza, ocultando unas incipientes lágrimas que, incontenibles, gotearon hasta sus zapatos raídos. Le explicó, entre lamentos y temores, como había obtenido las monedas. Bueno, en realidad le explicó cómo las había fabricado. El hombre desgarbado resultó ser un orfebre, a quien la caída de su negocio familiar y la urgencia de sus acreedores lo habían llevado al acto temerario. El dueño de la tienda, indignado por el tiempo de bar perdido para ver una falsificación, estuvo a punto de llamar a la policía. Sin embargo, un poco por la conmovedora historia del hombre, identificable a su inminente ruina económica, y en gran medida por los pensamientos inmorales que lo asaltaban, decidió dejar la ley al margen.

–Calma, hombre, que no es el único que está arruinado –replicó el dueño de la tienda en un intento por consolar al hombre desgarbado. –No estoy acá para detenerlo. Sino para proponerle un negocio.

–¿Un negocio? –preguntó el hombre desgarbado, visiblemente descolocado por el cambio en el tono de voz de su cómplice numismático.

–Sí, un negocio. Verá, la imitación es excelente. Se nota cuanto sabe usted de metal. Incluso el peso de la moneda parece el exacto. – halagó el dueño de la tienda – Yo dibujo monedas en mis ratos libres y con tanto tiempo de práctica descubrí algo. La foto deforma la moneda. La mejor forma de copiar un dibujo, es hacerlo observando el objeto original. El dibujo lo delató. La nariz de Galieno tiene la deformación propia de quien copió una imagen.

El hombre desgarbado miró a su interlocutor sorprendido. Creía sospechar de que se trataba el negocio, pero esperaba ansiosamente el resto del discurso del dueño de la tienda.

–La cosa es así –indicó, bajando el tono el dueño de la tienda–. Yo tengo algunas monedas romanas que usted podría copiar y se venderían fácilmente. Pero la ganancia sería muy poca como para tomar el riesgo.

El hombre desgarbado no salía de su asombro. De repente, el aparentemente honesto numismático, quien parecía urgido por denunciarlo, le estaba ofreciendo ser partícipe de su fraude. “¿Qué puedo perder?” pensó el orfebre resignado. “No me quedan muchos años de vida y estoy a un paso de vivirlos en un refugio”, insistieron sus pensamientos. Pero no se atrevió a emitir palabra hasta tanto el dueño de la tienda terminara con su propuesta.

–Existe una moneda, –continuó el numismático– el Trade Dollar yanqui de 1885, que podría valer unos cuantos millones. Ahora bien, si yo poseyera esa moneda no estaría acá hablando con usted, mi estimado. Pero se me ocurre que, con su talento más un metal de calidad y de época, que resista la prueba de carbono catorce, podríamos tener éxito.

–¿Pero cómo la hago sin un modelo de la original? Todo esto que dijo usted, sobre copiar de una imagen o del objeto directamente… ¡Se va a notar la falsificación! ¡No quiero ir preso! –insistió el orfebre, visiblemente alterado.

–Olvide eso. Acá tengo una réplica que fue calificada por el mayor experto numismático del mundo como exacta. Solo se hicieron unas pocas en 1980, mi viejo le compró una a un banquero distraído hace unos años. No tiene valor alguno, porque la plata es nueva, pero tengo la solución a eso –prosiguió, mientras abría una caja con la moneda falsa y rebuscaba en otro estante. –¡Acá está! –exclamó–. Un peso de plata argentino de 1885. Mismo año del Trade Dollar.

El orfebre no creía lo que veía. El plan del numismático parecía elaborado minuciosamente desde hacía años. Jamás hubiera pensado que había surgido precipitadamente, impulsado por el hastío que le producía al numismático la miseria económica. “¿Será factible?” se preguntaba internamente, invadido por una mezcla de ansiedad, nervios y esperanza que había terminado por empapar su camisa de sudor frio.

–Solo queda el tema del cobre –continuó el numismático–, pero es fácil: la moneda tiene un noventa por ciento de plata y un diez de cobre. Solo con sumarle a la aleación un centavito de 1885 estaría lista la materia prima. Los compradores se van a agolpar, por eso habría que mantener la existencia de la moneda en secreto para evitar la subasta, donde hay más riesgo de que nos delaten. Yo tengo algunos revendedores de confianza que pagarían mucho dinero, incluso sabiendo que es falsa. El resto depende de usted.

El orfebre salió de la tienda con renovado entusiasmo. Había ido a buscar algo de dinero, que no había obtenido. En cambio, había salido con dos monedas originales de considerable valor y un encargo de falsificación de alta gama. Aún pensaba lo difícil e improbable que le resultaba el plan, pero ante las cavilaciones se convencía inmediatamente sabiéndose sin nada que perder.

Pasó una semana. Las ansias del numismático no se calmaban ni con todo el whisky que pudiera beber en el bar. En definitiva, ¿quién era el orfebre? “Tan solo un intento de falsificador traicionado por su ingenuidad”, pensaba. Incluso empezaba a cuestionarse su exceso de confianza, resultante del impulso de superar sus contratiempos. Había dado a un estafador desconocido dos monedas de cierto valor sin siquiera preguntarle el nombre. “¡¿Pero qué clase de idiota hace eso?!” se reprochaba internamente y con cierta culpa. Habría podido saldar varias cuentas con la venta de esas monedas.

Pasaron dos semanas. La esperanza del numismático casi se había desvanecido. Se creía estafado. Insultaba al aire por no haber denunciado al orfebre en vez de embarcarse en su proyecto. En definitiva, “¡¿Qué me llevó a pensar que podría salir de la ruina así nomás?! ¡Qué iluso fui!”, pensaba, continuando con los autoreproches. De repente, cuando ya no había esperanza alguna y estaba próximo a cerrar la tienda (a esta altura ya se había visto obligado a despedir al joven desfasado), el orfebre reapareció en la tienda.

–¡Ya lo hacía desaparecido! –exclamo el numismático, con visible enojo, pero con un cierto dejo de alivio.

Sin mediar palabra, el orfebre rebuscó entre sus bolsas. Sacó un paquete, luego otro, luego la cajita oxidada y extrajo la moneda, arrojándola sobre el escritorio. El dueño de la tienda la tomó desesperadamente, tuvo que secarse la mano transpirada por los nervios, a la manera del orfebre. Observó la moneda detenidamente. La palpó, sintió su peso. La observó más detenidamente con la lupa. Se detuvo a meditar unos minutos.

–¿Y? ¿Qué le parece? –pregunto ansioso el hombre desgarbado.

–Es exacta –respondió el numismático con una sonrisa que su rostro no recordaba.

La transacción fue exitosa. Un usurero de la calle Libertad, de esos que andan en la compra y venta de oro, pagó por ella lo suficiente para jubilar a dos hombres caídos en desgracia. Incluso la revendió con éxito a una casa de subastas inglesa. No fue hasta años después, cuando un jeque árabe quiso comprarla en Italia, que se descubrió el fraude. La investigación de Interpol descubrió a cuatro implicados: un italiano, dos ingleses de la casa de subastas y el usurero de la calle Libertad. Cuando se intentó llevar la investigación a fondo, la coartada del usurero se cayó: nadie sabía nada del numismático desde hacía tiempo. Menos aún del orfebre. La tienda de numismática había cerrado hacía mucho. Los comerciantes vecinos solo sabían que el hombre había partido hacia el campo, perseguido por la ruina económica. Nunca volvieron a saber de él, ni a donde había ido. Además, ¿quién podía pensar que una tradicional familia de numismáticos podría caer en semejante delito? ¿Quién iba a suponerlo como un delincuente que se había visto obligado a cerrar su negocio perseguido por las deudas? Los testimonios sobre la honestidad y pulcritud del numismático y su familia habían arruinado la acusación del usurero, quien ya contaba con otras denuncias por manejos deshonestos. La honestidad que durante tantos años había cultivado el numismático lo salvó, en su primer y único acto deshonesto.

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