Por María Belén Maciel

Lo aparentemente real de algunas situaciones hace que hasta lo increíble se torne verdad. Ese es el propósito de la mentira, captar a su víctima de una manera muy astuta para que quede entramada en los hilos de la ficción que, en ciertas coordenadas de tiempo y espacio, para esa persona engañada, fueron reales. Cientos de personas caemos en estas artimañas, de más está decir que  la ficción no distingue sexo, ni edad, ni escala social, no existe en este mundo persona que alguna vez no haya sido engañada, a veces, muy lamentablemente; unas veces de manera consciente, otras no. En casos extremos, la mentira configura la vida de muchas personas, sus relaciones familiares o laborales, sacrificando la estima de unos cuantos en  provecho de otros. Pululan los casos de mentiras “verdaderas”, victoriosas o al menos verosímiles. Así fue el día que mis hermanos decidieron divertirse en base a la ficción.

Varios días habían pasado desde el comienzo de las vacaciones, entre mates y risas, sorpresas y chistes. Al parecer, Gabriel había comprendido los códigos familiares. Sin embargo hubo uno que acabó de internalizarse el día que en breve todos vamos a conocer. Una ciudad veraniega muy imponente y de renombre fue el marco de la situación y, como si esto fuera poco, una multitud testigo de la hazaña. Una noche, el adolescente en cuestión había olvidado su billetera en la casa de unos conocidos y no solo eso, sino también su inocencia. El entusiasta Gabriel escuchó con suma atención las consignas de sus legendarios amigos con los cuales compartía sus primeras vacaciones.

El lugar fue un conocido local de comidas rápidas que se jacta de tener promociones tan absurdas como la que se llevaría a cabo esa noche. La oferta era así: presentando un dibujo en la mano (una especie de tatuaje) se podría acceder a una oferta de 2×1: se llevarían dos productos al precio de uno. Por lo mismo, el varón, motivado por la propuesta, la falta de dinero y las ganas de satisfacer su hambre, accedió a que su mano fuera dibujada con el dibujo prometedor, el logo que a sabiendas de los cómplices otorgaba el acceso al descuento. Validaba también la consigna el hecho de que meses antes había existido otra promoción del estilo de la nombrada, había que dirigirse a los locales de compra de esta cadena de hamburguesas y cantarle a los cajeros la canción de la propaganda televisiva vigente en ese momento.

A la hora de la cena ocurrió lo previsto y, al comprender el asombro en el que se sumió el empleado del local, Gabriel arremetió entre sus amigos con un llano y liso “¡Perdón!” y prometió vengarse sin poder contener la risa. Esa noche, no obtuvo el descuento pero aprendió una lección del código familiar: ¡nadie se salva del bautismo de temporada!

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