Por Facundo Díaz

El dieciséis de junio de 1897, un joven que soñaba con ser pintor había visto, sin saberlo, por última vez, a su padre. Despertó y la luz del sol alumbraba con ternura la silla blanca de su escritorio. (También vio esa luz entrando por el ventanal de su despacho, 27 años después,  mientras se perdía en lo irreconciliable del adiós).

La noche anterior, su padre, Fred Loewenthal le había prometido pasar una tarde en la vieja estación de tren de su barrio. No le dio tiempo para alegrarse: entró sin golpear la puerta y lo obligó con la mirada a que se vistiera para salir. Lo demás es borroso, ya no podemos recordar los infiernos, nuestra vida es olvido o no es nada, y queda en la memoria en forma de puente oxidado, de agujero, de retazo o mugre de un amor corto.


Sin explicar porqué, con su maletín negro y con el sombrero en la mano, abrazó a su hijo, lo besó en la frente y sin mirarlo, casi yéndose, casi a punto de subir al tren, le entregó una foto y 25 pesos, con un mensaje: para que vivas.

El irreconocible señor Loewenthal, antes niño y hacedor de algún que otro dibujo, era ahora, luego de ascender, director de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal. Sí, había vivido, había entendido, aunque ya no lo recordase con frecuencia, el mensaje de su padre, y había olvidado, como todos, sus sueños y esa cosa que llaman niñez para convertirse rápidamente en un hombre que desayunaba pan con manteca todos los días, en un hombre que acomodaba las carpetas por abecedario, en un hombre que se recluía solo en una casa en los altos de la fábrica, en un hombre que temía a los ladrones, en un hombre que temía, quizás, a la vida.

El sábado 16 de enero de 1922, a las siete y 26 de la mañana Aarón Loewenthal estaba dispuesto a comenzar el día; otro. Desayunó en pijama, con la sensación de siempre: había algo, cuando despertaba, algo que lo incitaba a buscar otra cosa, sus ojos enfocaban algún punto de su habitación que no existía, como si se refirieran, en verdad, a otro espacio, y quizás, a otro tiempo. Se vistió como debía, sin pensarlo, y condujo algunas cuadras hasta la fábrica, mejor dicho, hasta su despacho, hasta ese cuadrado que de pronto nos aísla y de pronto nos asesina de recuerdos y de soledad.

Se recostó sobre su enorme silla. El enorme ventanal le permitía mirar la entrada de la fábrica, por donde luego observaría inocente al futuro acercarse.
Revisó algunos papeles, leyó algunas cartas (aunque ignoró una, de un tal Fein, o Fain) y se dedicó, primero, a contabilizar el pago de sueldos del mes, y luego a observar las anotaciones de la jovencita trabajadora Emma Zunz, quien lo prevenía de una posible huelga de obreros. Le pareció extraño que se delatara a sí misma. Se ofuscó, pero no tuvo tiempo de pensar (ni de recordar quién era Emma Zunz) porque el teléfono sonó: extrañamente, casualmente, era ella, insinuando algo sobre la huelga, algo importante, prometiendo que pasaría al atardecer por su despacho.

Un encuentro puede ser casualidad, un hombre y su mujer comiendo naranjas a la orilla del río puede ser  la vida, o Dios, arruinándole la existencia al pobre muchacho que acaba de romper con su amada, que ya no puede quitarle la piel a nada, porque ya no tiene piel, o porque ya no tiene nada. Así, Aarón Lowenthal se obligó a pensar en Emma. Su voz no cesaba. Intentó olvidar, intentó escupir sus propios recuerdos, intentó seguir revisando papeles o tomar el café frío pero no era posible, porque una acción prevalece en el universo y sobre todo en el hombre que la cometió, porque la culpa es la peor compañera, aún peor que la muerte, y aún peor que el olvido.

Inquieto, pensando en algo que no se permitía pensar, se concluyó a si mismo que comería en un restaurant del centro para relajarse un poco. Que, ni bien Emma saliera de su despacho, informaría el despido de aquellos obreros que hicieran huelga. ¿Quién había pensado en él en algún momento de su vida? En todo caso, quienes lo habían hecho no merecían más que la consagración que ahora tenía; la vida que llevaba, la vida que había logrado, como Dios manda, como el dinero merece.

Volvió a pensar en Emma, en aquella jovencita que día tras día lo saludaba misteriosamente, que lo observaba buscando algo en el lunar de su boca, que exploraba el pasado cruel en sus ojos, que le servía el café, que le informaba de las jugarretas comunistas, que de vez en cuando le agradecía por el puesto con un tono… y no pudo ya olvidarlo, no pudo ocultar el pasado; aunque nos alejemos, el tiempo es como el viento, no existe, pero nos tortura, levemente y en silencio. Se paró y comenzó a caminar en círculos mientras balbuceaban algo sus labios gruesos: Emma, Emma, Emmanuel, Emma, Emmanuel, Emma, Emmanuel. ¡BASTA!, gritó, y se echó en llanto, dando un solo golpe al suelo, escondiendo la cara en los brazos, dejando de lado la cena, el dinero, su soberbia, la empresa, los tejidos, a Emma y, sobre todo, a Emmanuel, su padre. No le interesaba ni Emma (al menos, eso creía hasta ese momento) ni Emmanuel, sino la culpa que había intentado evitar, la culpa de ser el responsable del despido y el exilio del padre de Emma, la culpa de ser el ladrón, quién es el ladrón, quién es ladrón, seguía resonando en su mente el grito del viejo Tarbuch, quién es ladrón, el ladrón, el ladrón, el ladrón es Zunz, si, Zunz, ese tonto sin estilo que usaba la misma corbata todos los días.

Ahora había entendido Aaron que no le molestaba la soberbia ni el egoísmo, que no le interesaba en lo más mínimo Emmanuel, y que “para que vivas” significaba para él un para, un para qué, un de qué forma, un de cualquier manera; solo le interesaba la pobre Emma que ya no tenía padre, así como él tampoco lo tuvo, así como el sufrió su ausencia y así como el sólo tenía de Fred, su padre, la fotografía, los veinticinco pesos intactos y la luz del sol en la silla blanca (¡si, eso era lo que buscaba todos los días, su vida!). Emma solo tenía del suyo un recuerdo infame, las burlas en silencio de los empleados que seguirían creyendo por siempre que Emma era una bastarda de códigos y de verdades, de esas que nacen y saben que su vida ya está perdida al instante, de esas que serán observadas como monstruos, como si tuvieran la culpa por haber nacido.

Esperó toda la tarde a la oscuridad. Se comió las uñas, nervioso, asustado, enojado consigo mismo y con Emma y con su padre y con Emmanuel. No supo quién era. No se lo preguntó, porque antes de responderse un hijo de puta o nadie, pudo ver a Emma empujar la verja ya entornada. La notó inocente, delicada, apreció con hermosura como esquivaba al perro, esperó con ansias y hasta –aunque no supiera por qué- con una sonrisa a Emma.

Entornó la puerta y se recostó en su silla blanca. Emma entró velozmente, no quiso sentarse y comenzó a hablar sobre la huelga, confusamente, con nervios, como si estuviera ocultando algo, como si quisiera decir algo que haría un poco de bien y un poco de daño a todos, como si necesitara un abrazo, un padre, un novio, un ángel, una revancha. Aaron, también nervioso, concluyó que lo mejor sería relajarse. Le ofreció un vaso de agua. Emma aceptó. Caminó hacia la puerta, la dejó entreabierta y se dirigió hacia el comedor. Solo cuando abrió la canilla y apreció la pasión y la velocidad del agua, solo cuando vio como la copa de vidrio soportaba el peso de tanta historia, entendió por fin que amaba a regañadientes a Emma, que quería cuidarla y recomponer todo, que la dejaría hablar y luego se acercaría sigilosamente y le diría toda la verdad, y la abrazaría y le pediría perdón de rodillas, y cambiaría su vida y su persona por siempre, y sería otro, ya no Aarón, sino el niño que se había perdido en ese tren que se fue con su padre. Volvió, nuevamente feliz y con una sonrisa.

Entornó la puerta con el pie derecho, mirando al suelo, como desesperado, como ansioso, como un niño, sí.  Cuando subió la vista Emma llevaba consigo el pesado revolver que él siempre había guardado en su cajón por si la vida se animaba a venir. Apretó el gatillo dos veces y el señor –o el niño– Aarón insultó al aire, no a ella, sino, a él mismo, a su vida, y a su actitud insensible. Se desplomó sobre el suelo mientras gritaba palabras confusas, quería decirle te amo, te amo como nunca a nadie pero solo podía odiarse por haber desperdiciado su vida, solo podía odiarse por estar viendo por última vez a Emma y al último rayo de sol que entraba por el ventanal. Emma tuvo que hacer fuego otra vez, para matar las esperanzas de Aarón. Lo último que escuchó antes de acariciar la muerte fue la semilla, la despedida, su inicio. Ese tren había robado la posibilidad del amor. Emma había vengado a su padre y quizás ella se encontraría con Aaron en otra vida para preguntarse si algo de todo este mundo es real, si algo de toda su historia ocurrió o si fue solo el sueño que el niño Aarón soñó antes de despertarse y observar la silla blanca y la luz del sol. Al fin y al cabo, los hombres somos el reflejo errante de un mundo feliz, en donde lo que deseamos no es más que la realidad.

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