Por Facundo Díaz

Al finalizar el conteo de los prisioneros, el señor presidente Bernardino Rivadavia que vestía de traje, no pudo dejar de notar, encadenado a sí mismo y contra la pared, a un changuito tan virgen como la patria que se revolcaba de quietud. Se acercó y le pregunto de dónde era, cuántos años tenía, su nombre. El niñito, con cara de niño y piel de tierra, no lo miró ni le respondió y el señor Rivadavia sintió algo de pena, aunque no lo hizo público. Solo en algún espejo invisible vemos nuestros más internos pensamientos. El coronel ordenó que fueran puestos en prisión, la falta de respeto era inaudita para este unitario que no podía concebir a estos guarangos interesados en destituir el orden de Buenos Aires.

Los soldados, con sus escopetas y sus sombreros, llevaron a los prisioneros a sus celdas y Rivadavia escoltó la marcha. Pasaron por el congreso, mientras en una fila inmóvil los provincianos miraban al suelo sin chistar, mientras se oían las canastas con las empanadas y se olía a frito. Los malandras iban encadenados uno a otro, sus expresiones eran temibles, de una tristeza que no se comprendía, como si no entendieran cuál había sido su crimen. Tal vez, querer ser libres, diría después el changuito. Rivadavia entró a su despacho y se olvidó del asunto. No, sin embargo, del avance federal en manos de Rosas, Artigas y su banda.

En la cárcel central de Buenos Aires encerraron a los quince ladrones que habían intentado entrar al congreso sin autorización unitaria. Vestían pantalones de color oscuro y parecían cansados, flacos y sin capacidad de sonreír. Uno, el más llamativo y tímido era aquel que Rivadavia había interpelado para que reaccionara.
Llegó la noche y los malandras fueron encerrados en sus respectivas celdas, hediondas y arcaicas celdas, tristes y recónditas paredes negras que no dejaban imaginar ni un poco de luz, siquiera. El más pequeño se recostó sobre la esquina derecha trasera, justo debajo de una gotera. No le interesó. Parecía tener bien claras sus ideas, sus objetivos, su vida. En fin, sus pupilas se deslizaban fijas hacia la cerradura de la celda, como si allí estuviera algo importante, o, mejor dicho, como quien construye un futuro con los ojos.

Pasadas las dos de la madrugada y sin saber cómo (todo se ignora en el tiempo y el reloj de esta historia tampoco existe) el malandrín apareció en la plaza central de Buenos Aires, enfrente de un congreso que no veía y bajo una noche que lo alumbraba muy poco. Se escabulló sin necesidad (nadie había para mirarlo) entre las pedregosas calles de Buenos Aires, entre odios y recuerdos de su pueblo lejano, de su provincia y sus gauchos; su respiración cada vez se hacía más profunda, entre medio de callejones enormes y techos de paja que caían suavemente, entre medio de un aire a guerras y a hambre y a injusticia.

Caminó sin rumbo aparente (para nosotros) hasta llegar a una casa que parecía innombrable, es decir, de nadie. Todo, a la vista de quien no lo sabe, es inabarcable e inhóspito, todo era lejano y extraño, pero no para él. Permaneció mirándose en las dos ventanas pequeñas y rectangulares del frente de la casa. Se observaba fuerte y seguro pero para sus adentros todo era confuso. Todo siempre es confuso cuando se trata de luchas, porque la distancia entre la historia y el presente es enorme y todo parece como embobado, como suelto, como inútil. A él también la parecía inútil vivir pero su mente estallaba como una campana, sus manos transpiraban de buenos augurios y de libertad, tan quieto como el mismo silencio.

Empezaba a entender por qué estaba allí; sí, asintió, estaba allí para federalizar la Patria y después el mundo tal vez, estaba allí, sin más y sin menos, para asesinar a Bernardino Rivadavia, el hombre más vil y cruel de la Patria, ese infeliz, pensaba, ese montón de galera y bastón que aísla a mi querido rancho y a mis gauchos que soñamos con ser el granero del mundo. Así, el matrero de diecitantos se convertiría en un hombre con todas las letras; en un hombre que cambiaría la historia. Se acercó sigilosamente sin apartar sus ojos de la hendidura del portón verde.
Ya estaba adentro y ahora solo le restaba desenfundar su arma, encontrar la pieza de Rivadavia y asesinarlo sin más, cerrando los ojos, o abriéndolos, para que la memoria jamás olvide el porqué.

La casa estaba oscura, todo parecía invisible. Caminaba lento y paso por paso, como si fuera ciego, como si en realidad la ceguera fueran los ojos y no la mente de este hombre que lo llamaba sátrapa a él por querer igualdad y libertad en su nación, la de todos, la de nadie. Podía saborear la madera del suelo, el gusto a viejo y a polvo se hacía sentir en la piel, se deslizaba en los agujeros de la nariz del malandra que llevaba consigo una faca y el arma y su propia historia, su nariz enorme y sus tajaduras y heridas ya rotas y olvidadas en la piel del muchacho que quería y quiso y seguiría queriendo ser héroe. Se encontró allí, mágicamente, detrás de una puerta cerrada que, intuía, era la habitación del mártir. Todo parecía estar a su favor. Nada podía salir mal.

Abrió la puerta mirando segundo a segundo el picaporte, escuchando el ruido de la madera crujiente, ciñendo y acompañando el compás de la puerta hasta que quedó del todo abierta.  Sin más, disparó, hacia donde sabía que estaba la cama de Rivadavia. Nada ocurrió, solo que, como una piedrita, una bala se insertó en su pierna, incontables hombres se tiraron encima suyo, sin luz, sin saber quiénes, ni por qué, ni de dónde, ni de qué bando;  comenzaron a pegarle, le quitaron el arma, la ropa, desesperadamente también la faca, con la cual lo cortaron sin que pudiera resistirse, ya que su conciencia se estaba esfumando, ya que perdía, poco a poco, la vida, ya que manoseaba los trajes frágiles y lanudos de los generales o de vaya a saber quién, ya que quería sentir por última vez la piel de alguien, y lo único que podía rozar, era un escudo, un casco, una escopeta, y ese disparo último que le atravesó el corazón, y ese disparo último que federalizó su alma, que le hizo ver, todo, todo, el inútil e irreversible todo que el mundo ocultó.

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