Por Guillermo Kozlowski

El viejo Choclo entro a la oficina sin tocar a la puerta. Llevaba una carpeta casera de cartón áspero y mal doblado, llena de folios. La abrió sobre el escritorio y esparció su contenido. Muchas fotos y un informe escrito a máquina dando cuenta de cómo, según sospechaban, sería el modus operandi. En segundo lugar, un panfleto que llamaba a huelga, en el que al dorso se leían, escritos a mano, los nombres de cincuenta y tres obreras. Dos no estaban en la lista: Estefanía Siemel y Emma Zunz.

Aaron, sin hablar, miró los pocos pelos que conservaba aquel viejo obrero, recorrió las arrugas que dibujaban una imborrable ausencia, incomprensión y ofuscamiento típico de las personas cuya única norma es el trabajo duro. Un hombre sin emociones evidentes, entre concentrado y autista, más que enajenado. Reconoció que su ex compañero y ahora empleado, estaba flaco. Las piernas que solo soportaban pasos tambaleantes, aunque jamás se permitirían la ayuda de un bastón, buscaban asiento constantemente. Con poco detenimiento recorrió la lista completa de nombres, como si fueran obvios, como si ya la hubiese visto; los conocía. Posó el dedo sobre la señorita Zunz.

Choclo ya sabía qué hacer. Tomó la carta que Aaron había escrito con antelación y salió de la oficina, al mismo ritmo intermitente con el que había entrado.

Löwenthal vio cómo aquel hombre que nunca pudo pisarle la cabeza a otro para tener una vida digna, hoy era su secuaz, su informante, su infiltrado en aquella masa de trabajadoras desleales y desagradecidas. Lo siguió desde lo alto de su despacho con la mirada para supervisar la correcta entrega del escrito. Emma Zunz la leyó en seguida, acto seguido se la devolvió al Choclo. El sabría qué hacer. Ya habían hablado todo por teléfono el día anterior. Casi como reflejo, la joven levantó la mirada e interceptó la de Aaron. Pactaron.

Aaron Löwenthal era un hombre de pocas palabras y constantes acciones. Estaba atento a cada movimiento que se producía en la fábrica en la que había trabajado toda la vida y hoy presidía. Él, a diferencia del viejo Choclo, sí que había sabido pisar cabezas. Aquel robo histórico fue el puntapié principal para su despegue hacía el éxito. Primero compró un sector de la fábrica y de a poco fue adquiriendo más, mientras dejaba fuera a los demás inversores y a sus ex compañeros. El pase a planta permanente solo de mujeres fue su mejor arma. Por un lado figuraba como un hombre progresista para su tiempo. Por otro, conseguía menos resistencia y más eficacia para una empresa que lo que necesitaba eran costureras habilidosas pero, sobre todas las cosas, exprimibles; al ser uno de los pocos lugares en los que ellas podrían trabajar, seguramente lo cuidarían.

Terminó su supervisión a las seis de la tarde cuando las mujeres ya se habían ido. Sin ser capaz de relajarse, revisó los cerrojos; por única vez, los dejó abiertos y el portón mal cerrado. Largó la cadena del perro lo suficiente para que llegara al portón. Volvió a su oscuro sucucho. Bebió un pampero al ritmo de un bandoneón grave y tristón. Prendió un pucho y se dispuso en posición de rezo.

Esperó hasta las diez y se asomó por la ventana. Pasaron veinte minutos sin que Aaron hiciera un movimiento. Entonces, al verla entrar, un escalofrío le atravesó el cuerpo e inevitablemente se acordó de ese hombre al que había traicionado tan vilmente, ese ex compañero al que había abandonado en el peor momento. Ese hombre que por él había vivido una vida de encierro, una vida de castigo. Ese hombre del que no sabía siquiera si estaba vivo. Ese hombre que, esperaba, estuviese muerto.

La hija de Emanuel Zunz, esquivó horrorizada al perro, atravesó ese taller que conocía de memoria pero que la oscuridad de la noche había vuelto tétrico y el porqué de su visita, insoportable. Aaron la vio subir la sinuosa escalera metálica, con lentitud y titubeo, pero con pasos fuertes que resonaban como gota pegando en la chapa.

La chica no anduvo con rodeos. Conteniendo un tremendo temblor, se sentó frente al dueño de la fábrica. Aaron la escuchó con atención y una paciencia nada habituales. Todo lo que le decía, él ya lo sabía, solo quería probar si la niña había heredado aquella lealtad que caracterizaba al padre. Solo quería verla temerle. Ella era mujer, ella si le temía. Había para él dos formas de tratar la culpa. Una era redimirse y pedir perdón a Dios. Otra era profundizar en aquella acción que le despertaba la culpa, hasta tal punto que se convirtiese en natural y luego pedir perdón a Dios. Los Zunz estaban hechos de lo mismo, eran una pobre gente, sin valores, dependientes y sufridores. Ella sería de ahora en más su informante, el remplazo del Choclo. Se quedaría a su lado y a los diecinueve años tampoco estaba nada mal, a cambio tendría sus beneficios, más de a los que puede aspirar una mujer común. Ella le clavo la mirada, era más fuerte que el padre. Pactaron.

Él salió en busca de un vaso con agua y condón. Ella lo espero con la ropa puesta. Cuando volvió, recibió una bala en el pecho y otra en el vientre, disparadas con su propia arma, la que guardaba en el cajón. Dejó caer el vaso sin remedio, escucho los ladridos de los perros y, más fuerte que sus propios insultos, una frase que se desvaneció junto con él, con el ruido del tercer disparo: “He vengado a mi padre y no podrán castigarme”.

 

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