Por Guillermo Kozlowski

A mi hermana le regalaron lo que ella quería. Yo fui sumamente específico: quería la imitación del sable de San Martín que vendían en Elvira Hogar, por bizarro que suene eso al tratarse de una casa de electrodomésticos. Ella quería esa Barbie con camisita y zapatitos y peinecito y vestidito y la mar en coche. A mi hermana le dieron la muñeca inútil esa y al hijo menor le dieron un calzón. Simpática concepción de igualdad en la que se basaban los viejos. Macanudos.

No me quedaba otra alternativa, ellos fueron el factor determinante. Acción y reacción. La escena estaba lista y a mí me decían el torito. ¿Qué iba a hacer? Ella me sacó la lengua y yo le metí un cabezazo. Ellos me mandaron al cuarto y yo fui. No era tan revolucionario entonces, ya habría tiempo para invertir el statu quo. Soldado que huye sirve para otra guerra, y el tiempo era mi mayor aliado. Más tiempo encerrado en mi cuarto significaba más tiempo para desarrollar mi plan malvado.

4 am. Los escalones me jugaron en contra. Hoy el chirrido, tal vez porque los años pasaron, tal vez por mi actual cercanía a las vías, tal vez por un inexplicable despertar sinestésico, me suena a locomotora atravesando el desolado desierto. Pero entonces no me importaba nada. Me calcé las pantuflas de rana y arranqué para campo enemigo. Mi hermana se había ido a dormir a lo de una amiga, pero había dejado los juguetes. Ingenua ella, siempre tan linda y buena. La puerta era un pavo real, una alarma contra incendios, o contra malhechores, no sé.

Contaba con poco tiempo así que actué rápido. La caja estaba en la parte superior derecha del tercer armario. Llena estaba esa caja y yo solo quería un sable. Primero la rubia, después el rubio, la cabeza del nene y el vestido de la nena. Necesitaba un kétchup. Ningún problema. El piso de abajo era de cerámicos, no haría ruido. Corrí a la cocina, cacé el kétchup. Volví. Lo eché sobre el rubio y la rubia. A la morena la perdoné, sería la vencedora.

Hoy lo analizo y está todo tan claro, ya se habían dado cuenta, se divertían. Simpáticos los viejos. A falta de sable procedí con el Tramontina de asado. ¿Qué le iba a hacer? Solo un sable quería. Al final estaba bueno. De hecho, me divertía. Tal vez pedía una Barbie y un Ken para mi próximo cumple.

Me dejaron actuar y cuando ya todo estuvo hecho, abrieron con fuerza la puerta, cosa que me asustara. Prendieron la luz y me pusieron cara de oso despertado en julio. Yo puse la cara del gato de Shrek. No me importó, el mensaje ya había sido enviado. La escena fue peor de lo que ellos se esperaban. La rubia decapitada por la morena que sostenía con una mano la cabeza de la susodicha rubia y con la otra el arma apuntando a su amado Ken. Yo solo había sido testigo casual, lo único que había en mi contra era el kétchup que tenía en la mano. Mi coartada: mi hermana se lo había afanado; yo tuve que ir a buscarlo a su cuarto y justo me encontré con esa sanguinaria escena. Pobre de mí, sin sable y encima multado con trabajo comunitario el resto del año. Que injusticia. Unos simpáticos los viejos.

Anuncios