Por Facundo Díaz

La ley 11.723 de Régimen Legal de la Propiedad Intelectual condenó a otro hombre a la eterna merma de la imaginación. Adueñarse del dolor solo sirve para ganar dinero. Esta ley, como tantas otras, preserva el poder y la codicia, y castiga el intento que hacemos algunos por seguir soportando la existencia. Me pregunto qué corno sabrán de literatura los hombrecitos de saco y corbata que se sientan en la silla de juez; qué peligroso se torna el mundo cuando nuestro mismo orden nos desordena. Un economista no entiende porqué gastar dinero en reparaciones sociales y un cientista social no concibe la importancia del dólar. Un abogado no entiende de imaginación, de arte, de literatura, de innovación, de necesidad. Un escritor, al contrario, no puede vivir sin ello. Estamos perdidos.
Lo que nos trae a debate es el caso literario-judicial entre “El Aleph” de Jorge Luis Borges y “El Aleph engordado” de Pablo Katchadjian. Pablo, profesor en letras y creador de la editorial “La imprenta argentina de poesía” es un fiel reescritor de textos. Lo hizo con Las Flores del mal, de Charles Baudelaire, ordenó alfabéticamente el Martin Fierro y ahora reescribió el extraordinario cuento de Borges. Hasta ahí ningún problema, la expresión avanza normalmente. Sin embargo, la viuda de J.LB, María Kodama, lo denunció por plagio y logró embargar sus pertenencias por 80.000 pesos, lo que puede derivar, increíblemente, en 6 años de prisión para el imputado. Hasta ahí el caso, y ahora, mi humilde análisis.

El todo es más sustancial que las partes, dice Borges en el Aleph. Me pregunto, en realidad, si existen esas partes. Me pregunto si el universo no está en cada una de estas letras que mágicamente aparecen en la hoja de Word. Me pregunto si el universo no estará en todos lados, y no será, en todo caso, un instante, y no será, además, ese instante, el circuito más complejo que alguien pudiese pensar. Permanezco perplejo al comprender que el Amazonas de Brasil y esta humilde silla en donde estoy sentado son una sola cosa.

El cuento avanza y toca emociones fuertes: la muerte de un ser querido, el imborrable recuerdo y a su vez, el olvido. ¿Cómo escribir todo lo que se siente? ¿Podrá Borges? No lo creo. Uno escribe lo suficiente, pero nunca lo que se escribe es todo lo que se quiso decir. Cuando J.L.B vio el Aleph una página entera fue el resultado del universo. ¿Ven? Es inagotable. El Aleph, ese punto minúsculo, no precisa de un cuento, sino de miles, de miles de engordamientos, de miles de Pablos. No hay ningún sentimiento ni ninguna vida que pueda ser perfectamente detallada en palabras, porque nunca son suficientes y nunca son lo que en realidad quisimos decir. El Aleph es todo lo que se escribió pero también todo lo que no se escribió: es el universo, y como tal, Borges deja abierta la puerta para que yo vea también ese universo en un solo punto, en una sola cosa, y pueda entonces, escribir lo que el no pudo. Hasta ahí estamos, y es maravilloso lo que Pablo Katchadjian pudo lograr: entendió el mensaje. No es un engordamiento “malo” o “feo” como la palabra lo puede indicar sino un engordamiento necesario, engordamiento que uno mismo hace en su cabeza, porque cuando leo esa página y me imagino a Querétaro, al mar de Caspio, a todos los espejos del mundo o a los sobrevivientes de una guerra, mi mente me lleva también a mis propias vivencias, a mi propio universo que a su vez es otro instante del Aleph, otra parte del todo. El engordamiento fue necesario. No existe el plagio, solo existe la necesidad de entenderse y seguir escribiendo.

La intertextualidad está presente en los libros de cualquier autor. “Yo nunca me acuerdo de lo que escribí. Solo me acuerdo de lo que otros escribieron, sobre todo mientras escribo” —J.L.B. Además, el argumento se cae de maduro: Katchadjián deja explícito de quién es el cuento. El castigo que se le otorga por haber “alterado dolosamente el texto” coloca innecesariamente en riesgo a la libertad de expresión. Cualquiera que haya leído a Borges sabrá que “El Aleph engordado” es justamente eso: agregarle palabras a las palabras y nada más. No puede considerarse plagio porque el plagio es dejar escondida la realidad. Los jueces ignoraron la postada en el engordamiento de Katchadjian, donde expresa detalladamente cuántas palabras le agregó, que no borró siquiera una letra del original y que de ninguna manera se puede entender esto como un adueñamiento de la obra.

La ley castiga a quien edite, venda o reproduzca como propia la obra de otro autor, enteramente o en parte. La obra de Katchadjian no se adecua a esa previsión legal porque no se apropia del cuento de Borges, realiza una obra nueva que parte del texto original, sin alteración de palabras ni puntuación, solo agregándole pasajes propios de escritura. La idea de esta obra literaria, cualquiera sea su mérito estético o artístico, es precisamente alterar, con añadidos, el escrito original, tratando de conservar el sentido de la narración.

María Kodama argumenta que no es lo mismo reescribir “El Martin Fierro” que “El Aleph” ya que el primero es de dominio público y el cuento de Borges, no. Y acusa diciendo que su único deber y objetivo es difundir la obra del maestro, llevándola a todas partes del mundo. Según ella, entonces, la ley de copyright es importante para este fin, y mientras no hayan pasado los 70 años nadie podrá tocar sus escritos.

Un asunto así, sin embargo, se saldaría con una compensación sencilla: supongamos que Katchadjian percibió 15 pesos por la mitad de la tirada que no le regaló a sus amigos y familiares, unos 100 libros. Entonces le debería a Kodama unos 1500 pesos. ¿Qué hay, entonces, detrás de todo esto? ¿Interés económico? ¿Una falsa vanidad? ¿Una falsa valentía? ¿Una heroína de cartón? ¿Será Borges el escritor que más ha utilizado la intertextualidad, con Whitman, Shekspeare, Cervantes y de Quincey? ¿Serán 71 años diferentes a 70? ¿Será que es Borges el autor más glorioso de nuestra historia? ¿Será que los argumentos de Kodama, al lado de Internet y los PDF, han quedado vetustos?

Siento que no es la manera de defender a Borges. Siento que lo desprestigia, que lo coloca en un lugar en el que nunca estuvo. Siento que cerca el conocimiento y hasta la felicidad. ¿Cuántas veces he imaginado “El túnel” pero escrito por María Iribarne? Los libros son la vida misma y la vida es infinita e inagotable.  El autor del “Aleph engordado” preservó el cuento tal cual lo había escrito J.L.B. No cambió si quiera una palabra, solo agregó algunas. Agregó pensamientos, vivencias, emociones. No todo se puede escribir. Nada sale como es de nosotros. Soñar con el todo es necesario.

Entiendo que Pablo no ha ganado dinero con esto, al contrario, lo ha perdido, muy a su pesar. Acabado el argumento de que el plagio se convierte en dinero. El prestigio no se lo ha ganado con este cuento. Y en todo caso, si se lo ha ganado, no ha sido a costa de Borges sino por tener imaginación e inventiva, por tener ganas de entender cómo funcionan ciertas cosas, o gracias a la actitud de María Kodama. Es ilógico pensar que una obra de 70 años de publicación no pueda reescribirse pero una de 71, sí. Es ilógico pensar que el copyright defiende la obra de Borges. Al contrario, ¡cuántos más puedan leerlo, mejor! Creo que la soberbia de Kodama (o la ambición de dinero) no la dejan hacer una comparación entre la intertextualidad de Borges y la inspiración de Katchadjian. ¿Qué los diferencia? Nada, solo que los cajeros automáticos de Whitman o de Shekspeare han caducado pero el de Borges, no. Aparte, en todo caso, repensar a Borges es un rito, porque él es quizás quien más nos ha hecho pensar, y eso debería ser, en verdad, un orgullo para quien supuestamente lo amó. ¿Cuál es el objetivo de la prohibición? ¿Para qué sirven las guerras, cantaban los Abuelos de la nada en la década del 80?

Pablo no debió pedir perdón ni mucho menos. Fue defendido por muchos colegas que entienden que si seguimos prohibiendo la imaginación nos veremos en grandes problemas. En todo caso, Kodama debería pedirle perdón a Borges por fomentar una ley y una imagen del maestro que él jamás propugnó. Baste recordar “Mis libros”, poema escrito por este actor de la comedia inútil en la que vivimos.

Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.
No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.
Mejor así. Las voces de los muertos me dirán para siempre.

El plagio no existe, a menos que se publique un libro idéntico a como fue escrito y encima se le cambie el título. Ahí sí, y únicamente ahí, se vería claramente cuál es el objetivo del verdadero plagio: prestigio y dinero. Y aquí, el verdadero objetivo que Kodama rechaza: Yo no escribí para ganar dinero, ni premios, ni por la vanidad de verme impreso. Puede parecerle excesivo, pero escribí para resistir la existencia”, y eso es, quizás, lo más noble de todo escritor.

Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten. Un hombre es todos los hombres. El dinero es un opio invisible. El universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean al patio central.

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