Por Guillermo Kozlowski

1.La autora, la novia, la madre

En estos tiempos que corren, los tiempos del capital al poder y el pueblo al deber, la triada “autora, novia, madre” es como una brochette. Las tres van juntas, atravesadas por un mismo pinche y cocidas al mismo fuego. El capitalismo es una cosmovisión consolidada en el siglo XX y posiblemente lo siga siendo durante el XXI. En y por él se ha establecido una forma de construcción, entendimiento y relación con todo. Desde un libro, hasta una carta de amor. Lo mismo con las relaciones entre las personas. Desde una novia, hasta una madre.

Quiero analizar tres anécdotas, tres situaciones, tres lecturas. Hace unos días leí en Internet sobre un caso de plagio: En el año 2010 Arturo Pérez-Reverte publicó su libro: Perros e hijos de perra (Alfaguara 2010). En él se hace una recopilación de varios artículos de su autoría. Uno de ellos era “Un chucho mexicano” que contaba la historia de un perro callejero, anécdota que había llegado a él por medio del renombrado escritor mexicano Alatriste, en 1998. Fue al leer “perros e hijos de perra” que Verónica Murguía (escritora mejicana) no solo reconoció la anécdota (de la que había sido protagonista en primera persona) sino que también, indignada comprendió que el artículo escrito por el español era una copia del que ella había escrito relatando lo sucedido. Éste contaba lo mismo con casi las mismas palabras y en el mismo orden. La autora decidió difundir el caso por los medios de comunicación en busca de una disculpa pública; disculpas que de hecho, Pérez-Reverte dio al enterarse, sin antes excusarse diciendo que en realidad él sí había citado la fuente. La había mencionado a ella y a quien le había contado la anécdota (Sealtiel Alatriste).

Hay mucho para analizar sobre este caso, pero primero quiero contar dos anécdotas más, para que luego poder analizarlas bajo una misma lupa –por raro que parezca dada su diversidad.

Meses atrás tuve una charla con mi pareja a partir de una lectura. En esos días me había llamado muchísimo la atención un libro sobre medicina y filosofía taoísta, de Daniel Reid. Una de las cosas que más captó mi atención fue el tema de las relaciones amorosas. Los taoístas entienden la vida y las relaciones como un ida y vuelta de energía vital, la cual hay que saber administrar y cuidar. En un momento una sabia taoísta le recomienda al emperador que tenga además de con su esposa, relaciones con diferentes amantes de las cuales por un lado captar esa energía que se comparte en el acto sensual y sexual; por otro aprender técnicas, todo –y aquí el summum de mi sorpresa y admiración– para complacer en mayor medida a su amada esposa. De más está decir que mi novia no solo no me dejó terminar la idea, sino que además se ofendió.

Por último, en el marco de una cena familiar en casa de mi madre, le conté que había ido a almorzar a la casa de Tomi, un gran amigo de la infancia. La madre nos había preparado una comida típica judía, y le había salido riquísima. Enseguida me dijo que le pidiera la receta, así ella la podía preparar en casa. A la semana volví a lo de Tomi, y le pedí la receta a su madre, la que simplemente no me la dio, apelando a que era una receta familiar. De todas maneras cuando volví a casa mi mamá había preparado una comida muy parecida, siguiendo la descripción que yo le había podido dar. ¿Y saben qué? Como la comida de mamá, no hay ninguna.

Tal vez por el tener que acomodarse a lo vertiginoso del ritmo con el que se vive, la realidad es que –sobre todo en las grandes ciudades– las relaciones aparecen caracterizadas por dos factores para nada agradables. La funcionalidad (o conveniencia), y a la estandarización u organización, entiéndase en el sentido de no salir mucho de los márgenes que plantea la  normalidad social –otra calificación tan cuestionable como real.

Estos encuadres han hecho del amor una cuestión  poco revolucionaria (quizá esta sea la clave de la estandarización) y por completo predecible, así como ha pasado con la vida toda. Permítaseme hacer hincapié en una cuestión particular sobre la pareja occidental: una persona solo tiene ojos para su amada o amado.

Por suerte se han dado grandes pasos en las últimas décadas hacia la modernización de las relaciones y cada vez se aceptan más las parejas homosexuales, así como las interraciales. Pero algo que no se ha naturalizado es la experimentación, la diversidad, el no encasillamiento. Estoy hablando del tabú del engaño. Señores siendo ilegal, tabú y desnaturalizado, la realidad es que el engaño es moneda corriente, el problema de que sea así es que se da en forma de trampa, por atrás, a escondidas y como escape a una pareja que tal vez no da más. Nada tiene eso que ver con cómo los chinos lo plantean.

No puedo culpar a mi novia por ofenderse cuando le hablo de tener experiencias por fuera de la pareja,  ya que ella tiene una concepción que es la  que compartimos la mayoría de los occidentales. La pareja monogámica, fiel, que con su amor nos hace olvidar de todo lo demás y hace que la vida valga la pena y todo color de rosas. Concepción que bien han criticado desde la escuela de Frankfurt, advirtiéndonos que ésta idea de amor posesivo es en sí misma un producto del iluminismo –hoy encarnado por la moderna sociedad capitalista. Es un amor que nos es funcional individualmente, para escapar de los males de nuestra realidad material. Eso sí es un plagio barato y condenatorio del verdadero amor. El amor que implica querer que la otra persona esté bien, contenida y que crezca junto a nosotros.

La concepción posesiva de la pareja, en la que los integrantes son uno, “la” pareja, es muy diferente a por ejemplo decir “los compañeros”. Me gusta el término compañero porque implica un viaje, una aventura o un camino. Porque es una persona con la que se comparte y a la que se quiere acompañar y por la que se quiere ser acompañado a lo largo de un ruta mutua, pero a la vez a la que se le ha de compartir eso que uno es en sí mismo, eso que uno ha tomado de otros compañeros e incluso, debo decir so pena de pecador, eso que se ha adquirido al caminar con otros, tal vez efímeros, tal vez fugaces pero que si han sabido aportar al camino propio.

A simple vista el concepto de pareja que nos presenta Daniel Reid en el “Tao de la salud el sexo y la larga vida”, contrasta sobremanera con la moderna concepción occidental, por ser infinitamente más liberal y la segunda significativamente más conservadora.  Impensable y bizarro es para nuestra moderna cultura capitalista, en la cual una pareja, se suma a la lista de las cosas que poseemos.

¿Podrá ser que así como la mejor comida es siempre la de mamá y de todas maneras comemos en la casa de nuestros amigos y sus madres nos cocinan cosas que luego le sugerimos a mamá (Eso es experimentar y sumar); también sea lícito experimentar de manera individual, conocer y vivir diversas experiencias, para después despertarnos a la mañana, con la persona con la que amamos a nuestro lado? ¿O es una cuestión maniquea de moral, inmoral; bueno, malo; civilizado, bárbaro?

No se me malentienda, soy un gran militante del amor, pero encuentro importante naturalizar la diversidad y la experimentación, cuestiones que considero superan en importancia, al trabajar para ganar dinero, dinero para vivir. Me pregunto ¿qué es vivir?, ¿No es acaso experimentar la diversidad?, ¿no es más coherente el facturar para vivir que el vivir para facturar?, pues la vida llevada como hoy se lleva está planteada como si fuésemos simples trabajadores que encuentran la respuesta a la siempre planteada y nunca respondida pregunta del para qué de la vida, en el trabajo, en el mantenimiento de las reglas, en la “normalidad”, en el nacer, trabajar, morir.

Ahora, ¿por qué cuento una anécdota tan insulsa (la de la receta)? Pues porque nos es sumamente ejemplificadora de lo que la cultura del plagio es en nuestra sociedad. Es en sí misma una representación, un derivado, un producto de la cultura capitalista. Está en juego aquí la posesión de lo material –digamos la receta- que nos coloca en una situación de superioridad en la escala de las relaciones de poder en las que han concluido transformarse las relaciones interpersonales modernas, occidentales, capitalistas. Los valores que resaltan y se repiten son: el materialismo, el egoísmo, la apropiación.

Esta lógica ha penetrado con violencia en la literatura, encarnada como “delito de plagio” o “violación de los derechos de autor”. Éste es el derecho que toda madre querría para proteger esa receta familiar de su nuera. El propósito de esta norma es que un escritor no se adjudique una obra no propia y se jacte de que sí lo es, para sacar provecho económico de ello. El problema es que así como la ley en general, el sentido de plagio es muy amplio y existen veces en las que es utilizado de forma sumamente injusta y regresiva. En mi opinión existen dos tipos de plagio. Están aquellos en los que se debería observar cómo están dispuestas las relaciones de poder entre el autor original y el supuesto plagiario y siempre dar la derecha a quien se encuentra en desventaja. O sea que si un aficionado roba a un reconocido autor, no le encuentro sentido al castigo ya que llegará de forma social cuando el público note la obviedad de la copia a esa obra tan conocida. La falta de creatividad lo dilapidará solo, (los lectores somos buenos para eso).

En caso de que una acción legal este motivada por un posible fin económico o propagandístico y el denunciante fuera un autor reconocido, lo encuentro abusivo. En cambio sí  un autor poco conocido denunciara haber sido plagiado por un gran autor, ahí sí considero que se le debe prestar atención al caso. De todas maneras el único tipo de plagio que considero admisible, es aquel en el cual realmente un autor se haya apropiado de la obra de otro, queriendo hacerla pasar por propia íntegramente sin ningún tipo de cambio. Pero cuando el supuesto plagio es en realidad un experimento literario, lo considero no solo absolutamente aceptable, sino necesario.

En el caso presentado más arriba la autora no hizo la denuncia porque además de que ella es “menos poderosa y conocida” (en sus palabras) que su plagiario, lo que en realidad le molestó (y en esto estamos de acuerdo) fue la estereotipación del pueblo mexicano. Pérez-Reverte incluía en su adaptación del texto al típico mariachi, tequilas y describía una “tierra de narcos”. Esto fue una clara estrategia de ambientación, para darle un gustito más tercermundista al relato y en definitiva vender más.

En lo personal no creo en el plagio, ya que lo considero por un lado una traba a la experiencia vanguardista con la literatura y a la imaginación (re)creativa. Por otro lado, insistir con él (plagio) es como seguir tirando de la cuerda capitalista, cuyo resultado siempre es el fortalecimiento de un sistema nefasto, represor.

2.Compartir versus facturar, poseer, apropiarse

Lo único que le falta a esta obsesión por defender más los bienes materiales que la imaginación, la creatividad y el ingenio, sería que prohibieran también el prestar un libro por ser una práctica que disminuye la venta de ejemplares. Lo que las editoriales y los autores anticuados no entienden es que de lo que se trata es de fomentar y expandir la lectura. La cultura de compartir que es inherente a la era del internet representa su mayor miedo y enemigo.

Así como comencé justificando la experimentación con personas fuera de la pareja, creo que es sano y necesario para esta literatura tan estructurada, que aparezcan autores decididos a experimentar la intertextualidad, el collage, la cita, la reformulación y hasta la re-significación. Porque después de todo –parafraseando a Charly García– lo que somos y creamos es todo copia de lo que nos ha rodeado material e intelectualmente, a lo largo de nuestras vidas. Nuestra vida entera es un gran caso de plagio.

Imaginemos un segundo el caso de mi padre y su hermano mellizo. Cuán fuerte debe haber sido su afán por diferenciarse y luchar contra ese plagio que eran ellos mismos. Cuando la igualdad es obvia lo que pacta la diferencia es el espíritu, es el contenido, el sentido. A pesar de nutrirse uno del otro, de aprender juntos, fueron y son dos enormes personas absolutamente distintas, porque han copiado también a otros.

Así en la literatura, entiendo que lo más sano seria naturalizar las nuevas técnicas que con el afán de diferenciarse y seguir revolucionando, renuevan lo viejo.

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