Por Facundo Beltrán

El negocio de la numismática venía en declive.

–Y sí, con esto de la interné los pibes ya no le dan bola a esto –le decía al dueño de la tienda un anciano cliente.Compró dos monedas bimetálicas de Afganistán y se retiró, entusiasmado.

El dueño de la tienda no sabía que más hacer. Ya había vendido las dos monedas milenarias mejor conservadas y se disponía a vender el patacón de plata sin circular que su padre tanto había atesorado. Las facturas lo perseguían. Sostenía a duras penas el negocio familiar heredado, más por nostálgica lealtad a su padre, que por rentabilidad práctica. Sus hermanos se habían apartado hacía tiempo de un negocio en el cual solo quedaban aislados millonarios extravagantes que ocasionalmente compraban una moneda antigua. El coleccionista cotidiano, aquel que tanto tiempo había alimentado la tradición de su familia, apenas subsistía encarnado en ancianos con mucho tiempo y poco dinero. Apenas mantenía con salario de pasante al desfasado joven que empleaba para poder ir al bar a la tarde. La única cuenta al día la tenía con el cantinero. (más…)

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Por María Belén Maciel

Lo aparentemente real de algunas situaciones hace que hasta lo increíble se torne verdad. Ese es el propósito de la mentira, captar a su víctima de una manera muy astuta para que quede entramada en los hilos de la ficción que, en ciertas coordenadas de tiempo y espacio, para esa persona engañada, fueron reales. Cientos de personas caemos en estas artimañas, de más está decir que  la ficción no distingue sexo, ni edad, ni escala social, no existe en este mundo persona que alguna vez no haya sido engañada, a veces, muy lamentablemente; unas veces de manera consciente, otras no. En casos extremos, la mentira configura la vida de muchas personas, sus relaciones familiares o laborales, sacrificando la estima de unos cuantos en  provecho de otros. Pululan los casos de mentiras “verdaderas”, victoriosas o al menos verosímiles. Así fue el día que mis hermanos decidieron divertirse en base a la ficción. (más…)

Por Azul García

Parecía que las cosas que pasaban en la vida real debían ser vistas en pantallas, leídas en diarios o escuchadas en la radio para ser consideraras reales, como si algo no pudiera ocurrir en las sombras de la vida cotidiana sin ser retransmitido y aún así ser verídico. También era muy común en las redes sociales, donde se subían constantemente fotos de eventos y de cosas en el mismo momento en que ocurrían, con intención de que todos vean, como si no pudieran suceder sin alguien que los estuviera mirando desde otro lugar. Así, era común entrar a Facebook y ver miles de fotos de gente publicando lo que hacían en vivo y en directo, como si con eso legitimaran, de alguna manera, que lo que ellos vivían había sucedido. (más…)

Por Facundo Díaz

El dieciséis de junio de 1897, un joven que soñaba con ser pintor había visto, sin saberlo, por última vez, a su padre. Despertó y la luz del sol alumbraba con ternura la silla blanca de su escritorio. (También vio esa luz entrando por el ventanal de su despacho, 27 años después,  mientras se perdía en lo irreconciliable del adiós).

La noche anterior, su padre, Fred Loewenthal le había prometido pasar una tarde en la vieja estación de tren de su barrio. No le dio tiempo para alegrarse: entró sin golpear la puerta y lo obligó con la mirada a que se vistiera para salir. Lo demás es borroso, ya no podemos recordar los infiernos, nuestra vida es olvido o no es nada, y queda en la memoria en forma de puente oxidado, de agujero, de retazo o mugre de un amor corto.

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Por Facundo Díaz

Al finalizar el conteo de los prisioneros, el señor presidente Bernardino Rivadavia que vestía de traje, no pudo dejar de notar, encadenado a sí mismo y contra la pared, a un changuito tan virgen como la patria que se revolcaba de quietud. Se acercó y le pregunto de dónde era, cuántos años tenía, su nombre. El niñito, con cara de niño y piel de tierra, no lo miró ni le respondió y el señor Rivadavia sintió algo de pena, aunque no lo hizo público. Solo en algún espejo invisible vemos nuestros más internos pensamientos. El coronel ordenó que fueran puestos en prisión, la falta de respeto era inaudita para este unitario que no podía concebir a estos guarangos interesados en destituir el orden de Buenos Aires.

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Por Guillermo Kozlowski

El viejo Choclo entro a la oficina sin tocar a la puerta. Llevaba una carpeta casera de cartón áspero y mal doblado, llena de folios. La abrió sobre el escritorio y esparció su contenido. Muchas fotos y un informe escrito a máquina dando cuenta de cómo, según sospechaban, sería el modus operandi. En segundo lugar, un panfleto que llamaba a huelga, en el que al dorso se leían, escritos a mano, los nombres de cincuenta y tres obreras. Dos no estaban en la lista: Estefanía Siemel y Emma Zunz.

Aaron, sin hablar, miró los pocos pelos que conservaba aquel viejo obrero, recorrió las arrugas que dibujaban una imborrable ausencia, incomprensión y ofuscamiento típico de las personas cuya única norma es el trabajo duro. Un hombre sin emociones evidentes, entre concentrado y autista, más que enajenado. Reconoció que su ex compañero y ahora empleado, estaba flaco. Las piernas que solo soportaban pasos tambaleantes, aunque jamás se permitirían la ayuda de un bastón, buscaban asiento constantemente. Con poco detenimiento recorrió la lista completa de nombres, como si fueran obvios, como si ya la hubiese visto; los conocía. Posó el dedo sobre la señorita Zunz.

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Por Guillermo Kozlowski

A mi hermana le regalaron lo que ella quería. Yo fui sumamente específico: quería la imitación del sable de San Martín que vendían en Elvira Hogar, por bizarro que suene eso al tratarse de una casa de electrodomésticos. Ella quería esa Barbie con camisita y zapatitos y peinecito y vestidito y la mar en coche. A mi hermana le dieron la muñeca inútil esa y al hijo menor le dieron un calzón. Simpática concepción de igualdad en la que se basaban los viejos. Macanudos.

No me quedaba otra alternativa, ellos fueron el factor determinante. Acción y reacción. La escena estaba lista y a mí me decían el torito. ¿Qué iba a hacer? Ella me sacó la lengua y yo le metí un cabezazo. Ellos me mandaron al cuarto y yo fui. No era tan revolucionario entonces, ya habría tiempo para invertir el statu quo. Soldado que huye sirve para otra guerra, y el tiempo era mi mayor aliado. Más tiempo encerrado en mi cuarto significaba más tiempo para desarrollar mi plan malvado. (más…)