Por Romina Miguez
¿Cómo podía hacer? ¿Entraba directamente, golpeaba primero, o le hacía una seña?
El contraste del día luminoso con la oscuridad atravesada por haces de luz violeta que provenía de aquella santería no era muy alentador. Sin embargo, levanté el mentón, respiré hondo – sin saber que iban a pasar horas hasta poder refrescarme con oxígeno nuevamente- y… mi rapto de gallardía fue bruscamente interceptado por el ferretero del negocio lindero. Era un hombre bastante desgastado, de mirada lasciva y dientes desparejos de un llamativo color maíz:
- Querés tirarte las cartas, ¿no? María ya no está más. Era mi novia, claro. Le vendió el fondo de comercio a una gorda que vas a ver que ni abre en horario. Entrá que te paso su teléfono. (más…)