Por Lucía Arenas

A causa de las condiciones en las que he vivido los últimos días producto del naufragio, no recuerdo mucho. Sin embargo, espero que este corto texto sirva para contar mi historia. El ser humano no es una cosa, no se puede abandonar. El hombre que nos ofreció al mar como sacrificio debe pagar las consecuencias de nuestras desgracias.

Toda mi memoria gira en torno a un solo acto: el canibalismo. Este fue el único detalle que mi alterada mente pudo rescatar. El acto que nos convirtió en objeto de miradas prejuiciosas, miradas condicionadas por lo estrecho de lo mente, tiene una explicación.

Estuvimos tres días varados. Luego, alguien decidió que debíamos abandonar la fragata. Esta decisión probablemente la haya tomado nuestro incompetente capitán. Su interés no era salvar las vidas de todos; ciento cuarenta y seis tripulantes quedamos en la Méduse, doscientos cincuenta se fueron en los botes salvavidas. Desesperados, construimos una balsa muy precaria y de tamaño insuficiente. Nos subimos a ella luchando por subsistir.

Para el segundo día en la balsa ya eran muchos los que habían perecido en el intento de sobrevivir. No teníamos comida y tampoco agua. A medida que el tiempo pasaba, la inmensidad del mar nos iba volviendo locos. Una noche desperté sobresaltado por los gritos. Los hombres se apiñaban unos arriba de otros. Supuse que luchaban por alimento, así que me acerqué. Cuando estuve lo suficientemente próximo para ver me alejé espantado: ¡Estaban comiendo a un hombre!

Admito que los juzgué, me parecía inhumana una actitud semejante. Sólo días más tarde comprendí que la angustia lleva al hombre a hacer cosas inimaginables.    Juro que fue necesidad, aunque confieso que, en gran parte, teníamos esperanzas de ser rescatados, lo que nos llevó a intentar mantenernos con vida a toda costa. Yo respeto mucho al hombre, tanto su cuerpo como su espíritu, así que me arrodillé ante los ojos de Dios, pedí perdón y prometí castigo; oré y comí.

Los días pasaban. Barcos borrosos, como envueltos por nubes de niebla, rodeaban nuestra balsa. ¡Qué ganas que tienen los locos de ver lo que no está! Tenía hambre. Un compañero se había rehusado a comer a otros compañeros, así que lo comimos a él. ¡Oh! Si yo hubiese sabido que nadie nos entendería juro que habría desistido, como lo hizo aquel hombre.

Una nueva pelea me despertó. Los hombres estaban luchando entre ellos (y pienso que también consigo mismos, con los restos de humanidad que aún quedaban en ellos), intentando matarse los unos a los otros. El canibalismo más feroz, más cruel, se había materializado en ellos, en todos nosotros. Intenté frenarlos en vano; solo logré que se volvieran contra mí. Pensé que había llegado mi hora. No quise luchar; tampoco podía hacerlo. Las fuerzas abandonaron mi cuerpo, volaban con el viento, se ahogaban en el mar. Maldije a gritos a nuestro Vizconde y desperté una furia en mis atacantes imposible de controlar. Se acercaban a mí, despacio, como animales hambrientos pero cautelosos. Era en eso en lo que nos habíamos convertido: instintivos animales, incapaces de pensar. Gritos de entusiasmo provenían de esos salvajes. Miré hacia el mar por última vez. No sé cuál habrá sido la expresión de mi rostro, pero los gritos cesaron y los hombres me soltaron. Estábamos salvados.

Advertisement