Por Lucía Arenas
Lihuel y Quimey eran felices en nuestra tierra, pero intentaban no olvidar su antigua vida con los blancos. Sus ojos eran de un celeste profundo, aunque los de Lihuel tenían un tono más bien gris. Quimey llegó a nuestras tolderías cinco años antes que Lihuel. Por eso hablaba muy bien el araucano, aunque no había olvidado su lengua cristiana. Cuando Lihuel llego a nuestra tierra solo dejó que Quimey se acercara a él. El pobre estaba muy asustado y yo creo que lo aceptó porque los dos tenían casi la misma edad, y los mismos orígenes. Pronto se hicieron muy amigos. Uno le contó al otro cosas de su vida pasada y cómo en un malón los indios lo habían salvado de que lo pisara una yegua.
Todo andaba muy bien, hasta que un día Lihuel cayó enfermo de viruela. Pocos se acercaban a su tienda, por miedo a enfermarse, pero Quimey estuvo siempre a su lado. Se dice que el último día de su vida, el enfermo le contó su mas profundo deseo. Cuando murió, Quimey se puso muy triste. Solo la llegada de unos soldados que habían venido a hablarnos de un pacto de paz lo animó. Nadie supo por qué (nosotros creímos que quería volver con los blancos) una noche montó su yegua y, sin dejarse oír, se fue para la ciudad.
Allí, un soldado lo reconoció y lo llevó con una familia winca. Lo arrastraron a una casa que Quimey reconoció. Atravesó, corriendo como un indio en un malón, la entrada y los patios. Entró a la cocina, metió su mano en una campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había dejado allí cuando chico. Sus ojos brillaron de felicidad. La familia creyó haber encontrado al hijo.
Durante unos días se quedó en su antigua casa, pero ese ya no era su lugar. Fue así que una noche escapó, robó una yegua y volvió a nuestras tolderías.
Al llegar no miró a nadie ni dijo nada. Camino derecho hacia el lugar donde estaba la tumba de Lihuel y, llorando, enterró allí el pequeño cuchillo. Así, regaló a su amigo ya muerto el objeto más preciado de su infancia. Su familia estaba en las tolderías, su hermano era Lihuel. En ningún momento se detuvo a pensar en sus padres cristianos ni en la ilusión que provocó en ellos. Estaba feliz, pues había logrado regalarle a su amigo un objeto que vinculaba a ambos a su pasado cristiano y que hoy pertenecía a la tierra ranquel. Con este simple acto, todo en ellos se convirtió en indio.