Por Dagmar Szuster
Hace algunos meses mis padres tuvieron que lidiar con la rebeldía de mi hermana menor. Habiendo vivido los primeros trece años desde que mi mamá la dio a luz, decidió escapar de su cuidado. Como todos hicimos alguna vez, ella había dicho que iría a dormir a lo de una amiga, pero, en cambio, el plan era otro: un bar, cervezas y vodka en una esquina, y fiesta en algún pseudo-salón con posterior desayuno en alguna confitería que abriera de madrugada. Confiadas, ella y sus amigas, de que tendrían transporte público para emprender el viaje de regreso a sus hogares, donde se esperaba en cada uno de ellos verlas llegar a la mañana temprano (tal como habían acordado cada una con sus padres), se tendieron su propia trampa. Esperaron, somnolientas, en una calle inmoral del barrio porteño San Cristóbal, a que pasara su colectivo mientras la hora en la que eran esperadas estaba cada vez más cerca. No quisieron alarmar a nadie en sus casas, entonces pararon un taxi y le indicaron la logística de repartición en la que mi hermana quedaba última. A medida que descendían del vehículo, las chicas iban dejando los últimos pesos que les habían sobrado para pagar el viaje. El monto a pagar resultó excesivamente abultado en comparación con las migajas que había logrado juntar mi hermana, a quien no le quedó otra salida que tocar el timbre en mi casa para que mis papás le dieran el dinero faltante. Salió mi papá a pagar y tuvo la prudencia de preguntarle al conductor a qué se debía el precio tan elevado de un viaje de no más de quince cuadras, a lo que le fue respondido que no era tan elevado por tratarse de un recorrido iniciado en San Cristóbal. Ese fue el fin de la mentira. Mi madre, al ver a los ojos rojos de mi pequeña hermana, hediendo a alcohol y vómito “… sintió desfallecer sus rodillas y su corazón… (Y) al punto corrió a su encuentro, derramando lágrimas…”, como Penélope cuando reconoce a su Odiseo. Se preguntaba en altas voces el por qué del engaño, exponiendo todos los azares desafortunados a los que se había expuesto y pidiéndole que agradeciera que el mayor daño que se hizo fueran sólo moretones y raspaduras. Las posibilidades que enumeraba son comparables a los sucesos desdichados que atraviesa Paul Hackett en After Hours, quien en su búsqueda de diversión y amistad en el San Cristóbal neoyorquino (Soho), lo único que encuentra es un laberinto de locura, desenfreno, incomunicación, nula solidaridad, y violencia, cuya única salida es volver al lugar de donde no debía haberse movido. El mismo laberinto lo expulsa depositándolo en la empresa donde trabaja. ¿Podemos decir que Paul Hackett ha “vuelto” a su trabajo? ¿Podemos decir que, afortunadamente, mi hermana estuvo “de vuelta” en casa? Pienso, para desgracia de mis padres, que mi hermana nunca volvió; no creo que haya retornado al mismo lugar de donde había partido. Cuando hablamos de volver, ¿se vuelve realmente? Suponer que sí implicaría creer ha habido una regresión, pero esto se da únicamente en el plano de lo espacial. En el plano de lo temporal no hay regresos porque el tiempo sólo fluye en un sentido y no se detiene. ¿Por qué hablamos, entonces, de “volver a casa”? A partir de lo que sucedió aquel día con mi hermana, considero que constantemente se está “llegando a nuevos lugares”. La chica que salió de mi casa no es la misma que entró después: cambió, su experiencia ya ha marcado su ser. Si ella es parte de lo que llamamos “casa”, deberíamos entender, entonces, que nuestra casa tampoco es la misma que antes. Quienes hayan leído El señor de las Moscas sabrán que Golding le dio fin a su historia porque allí empezaba otra. “Las lágrimas corrieron de sus ojos y los sollozos sacudieron su cuerpo… eran espasmos violentos de pena que se apoderaban de todo su cuerpo… los otros muchachos… por los mismos sentimientos, comenzaron a sollozar también…por la pérdida de la inocencia, las tinieblas del corazón del hombre y la caída al vacío de aquel verdadero y sabio amigo…”. Sin duda nos gustaría mucho afirmar que es posible volver al punto de partida pero no podemos; de hecho, ni mi hermana, ni “Paul Hackett” ni los chicos de El señor de las Moscas podrían pensarse a sí mismos, ni a sus circunstancias, de la misma manera en la que lo hacían antes de haber sido atravesados por sus desdichadas experiencias. Ya no son los mismos juicios los que juzgan sus realidades. Estas, por lo tanto, también cambian.