Por Ana Guillermina Roca
Porque hoy en los tiempos de avances tecnológicos, científicos, políticos, nuestra incapacidad de entender otras culturas que optan por lo distinto sigue intacta. Porque siempre nos medimos como seres humanos por el que tiene más, mejor y más lindo, por el que viaja mucho y no por el que conoce y aprecia; por el que acumula y no por el que atesora.
Sin embargo, existen aún lugares donde se vive al ritmo de la naturaleza, donde el sol es el reloj que marca si la jornada va a ser corta o larga, según la extensión de su brillo. Allí, los nativos obtienen de su tierra el material para levantar sus hogares, hacer sus ropas y adquirir el alimento para nutrir su vida y sus ilusiones. Con un respeto absoluto por esa Madre Tierra toman únicamente lo necesario, porque así la recibieron de sus antepasados y de ese modo la preservarán para sus descendientes.
Estoy en Chincheros, en una callecita angosta, empinada. El agua corre por las acequias de piedra; frente a la puerta de la casa un tablón hace de puente de acceso. La historia del Imperio Incaico y de la colonización, está a la vista. La iglesia está construida sobre la base del templo derribado, sobre la misma base.
Camino y siento que camino sobre la Pacha del Inca, pero a la altura de mi cabeza es España con sus características tejas coloniales la que domina. El aire es cada vez más liviano y me detengo a mirar a una tejedora que tiene en sus manos un vellón virgen, lo cuelga, toma un puñado de hierbas, las sumerge en un caldero y las refriega y vuelve a mojar. Una espuma blanca y jabonosa aparece en la superficie, empapa el vellón, lo refriega y lo saca blanco, blanquísimo.
No termino de salir del asombro de esa clase de alquimia; la mujer, sin prisa, se vuelve y de unas bayas saca unas semillas y las vuelca en un caldero humeante; sumerge el vellón, lo revuelve y como un mago que saca un conejo de la galera frente al niño deslumbrado, ahí ante mis ojos, entre el vapor, surge el vellón de un color rojo maravilloso, un rojo único, contundente. Un color que no puede lograrse nada más que ahí, en ese escenario, cerrado con montañas, creado por la naturaleza y con esos actores capaces de interpretar, aprender y traducir el lenguaje de la tierra con esas manos oscurecidas por el trabajo que abiertas al resultado de su labor, lo entienden con una sonrisa franca, amigable, genuina.
Ella está orgullosa de su condición de descendiente de los Incas, de su identidad. La manera de manifestarlo es mantener la forma de su trabajo como lo hacían los antiguos, en un culto vivo y diario, donde el vapor del caldero llevaba su reconocimiento al Sol. Le expresé mi gratitud sincera y me despidió con un “muchas gracias, señorita”, un señorita pleno de amabilidad y absolutamente despojado de algún tono servil. Un saludo cálido de quien transmite lo que es y tiene seguridad de ser. Oscurecía en ese momento y el cielo peruano, se ponía de un azul-celeste luminoso; nunca antes me había sentido tan integrada a la naturaleza, sentía que mis raíces latinoamericanas eran muy hondas. Que la identidad es un valor irremplazable, saber que se es sin más. No se trata de discursos, se trata de hechos simples, cotidianos, de certezas y sentimientos.
Aferrarse al traspaso de las costumbres de generación en generación, al idioma, a los haberes, ese aferrarse a sobrevivir, a dejar semilla y echar raíz es la única herramienta para preservar y atesorar una herencia cultural, un estilo de vida tan preciado. Cada vez se hace más difícil resistir a las influencias del mundo que se mueve en torno al poder económico-político de las grandes potencias que explotan a más no poder sus recursos naturales y van por la captura de los de otros para expandir la globalización. José Martí, cuando habla de “nuestra América”, hacía referencia a los hijos de nuestra tierra que se amparan en la tradición y a esos pueblos que no se conocen y han de darse prisa por conocer otros. Para Martí, el hombre natural es bueno; acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se valga de su sumisión para dañarlo y ofenderlo prescindiendo de él, cosa que el hombre natural no respeta. No hay, para Martí, una batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.
Nosotros, bichos de ciudad preocupados por conseguir o poseer cada vez más, nos vemos sumergidos en ese inmenso mar del consumo que nos envuelve en una tormenta que obliga a progresar por medio de la acumulación de dinero, de mejor tecnología, de cosas netamente materiales. Vivimos al limite de nuestras capacidades, haciendo todo sin conseguir llevar a cabo la mitad de lo propuesto, vamos de un lugar a otro compitiendo por tener lo mejor en menor tiempo y arrancándonos el sentimiento de disfrutar los logros de cada día.
Es fantástico entrar en contacto con la naturaleza y su genialidad. Al alejarse del cemento globalizado no se puede evitar pensar “me quedaría un mes en este lugar alejado del ruido, la muchedumbre y el estrés”, al observar a un hombre de un pueblito en medio del Cusco con su andar tan lento y pacífico como si el recorrido del camino lo llevara. Pero cuando el sol se pone todo cambia, y la serena noche es demasiado calma y el escuchar el viento tan limpio nos recuerda que ya estamos acostumbrados al caos de la ciudad y sus supuestas comodidades y no nos hallamos capaces de enfrentar ese estilo de vida tan natural.