Por Emiliano del Río

Expulsados por las escasas posibilidades de progresar en un país que se caía a pedazos, partimos a un viaje de exilio económico al Paraguay. La desigual apertura a la economía mundial de las políticas de los años 90 sumada a los subsidios a este tipo de productos en el sudeste asiático, afectó seriamente a algunos sectores como el de la industria plástica. Así, una modesta pero productiva fábrica de perfiles de PVC que era el sostén de nuestra familia se vio perjudicada de repente por productos importados que, terminados, eran de menor valor que la materia prima en bruto necesaria para hacer funcionar la empresa familiar. Lejos de ser un viaje turístico, en donde el fin es pasarla bien y disfrutar del tiempo libre, durante un periodo de tiempo limitado, los exilios destierran a las personas de su lugar de nacimiento y los empujan a emigrar con el fin de buscar una mejor calidad de vida.

 

La característica de todo exilio es que implica una serie de sentimientos que se manifiestan en todas las personas implicadas, una conjunción de emociones tan humanas como la tristeza, el dolor y también la esperanza de encontrar un lugar en el cual se puedan cumplir todos los deseos. La tristeza por haber dejado el lugar de nacimiento y a los seres queridos se entrelaza con la idea de crecimiento y un futuro mejor. La novedad del emprendimiento, las promesas de esa aventura hacían focalizar la atención y entusiasmo en el bienestar que depararía el nuevo destino. La familia que quedaba en nuestra tierra veía un poco más allá, veía el destierro y la certeza de visitas cada vez más esporádicas. Nosotros no lo veíamos así, seguíamos obnubilados por la posibilidad de progreso que nos prometía este país limítrofe que desconocíamos totalmente.

 

Con un paisaje totalmente distinto al acostumbrado, la ciudad y su cultura totalmente extrañas nos recibieron con la necesidad de realizar un radical cambio de vida en los primeros años. El choque cultural hizo que debiéramos adaptarnos a las tradiciones propias de la región, para poder insertarnos y pasar desapercibidos en una sociedad cerrada para el inmigrante. Si bien en la capital, Asunción, el guaraní como segunda lengua no esta del todo inserto en la sociedad, el no comprenderlo nos hacía sentir más extraños de lo que estábamos. Llegar no fue solo afincarse, llegar era primero adaptarse al lugar, a la gente y al desprecio de esa gente por el extranjero y sobre todo por el argentino. Tan solo la palabra kurepa para referirse a los argentinos, o piel de chancho, de su significado en guaraní, ya nos hacía sentir desde el primer contacto este sentimiento de antipatía. En el desarrollo de mi infancia en este escenario hostil, en el que convivía diariamente, me hacían replantear constantemente el porqué debía convivir con personas que no deseaban nuestra presencia. Con los años, esto me llevó a plantearme cuál era el motivo del rechazo al argentino. Así, tuve conocimiento que estuvimos en guerra contra Paraguay y lo que en los libros de historia Argentina se estudia en tres o cuatro párrafos, allí se vive profundamente como la invasión de Argentina, Brasil y Uruguay a las tierras que por siempre fueron de los guaraníes y que no había necesidad de expropiárselas. De esta manera, me enteré y comprendí que nunca se explicó ese cercenamiento y la condena a una mediterraneidad eterna a ese noble pueblo que contó con el primer ferrocarril de Sudamérica bajo un gobierno progresista y en un país en constante desarrollo. ¿Es posible tener esa perspectiva de Paraguay sin viajar?, ¿alguien sabe qué fue en realidad la guerra de la Triple Alianza, o cómo se sumaron tantos desaparecidos en un país tan pequeño? Estar allí me enseñó su historia más reciente, tristemente emparentada con la nuestra a través de ese club de dictadores que pretendían salvar la región y la sumieron en el retraso más atroz de los últimos siglos, económico, cultural y sobre todo humanitario. Así, un viaje que solo traía esperanzas de alivio económico se transformó en una hermosa cátedra de historia, de convivencia y aprendizaje.

 

Al igual que Francis Bacon, creo que los viajes son en la juventud una parte de educación y, en la vejez, una parte de experiencia, ya que al tener que cambiar no solo las costumbres, sino también la forma de hablar para introducirse y ser aceptado en la sociedad, el viaje significó un aprendizaje y una experiencia que me marcó para el resto de mi vida. El viaje permitió conocer y tener una nueva cosmovisión, una segunda perspectiva del lugar en el que había nacido, y poder reflexionar también sobre nosotros mismos, como personas, como argentinos. Los años de convivencia en una cultura totalmente distinta y hostil hacen que un hombre pueda crecer, al tener que eliminar todo prejuicio del otro para adaptarse a este medio; de otra forma se vería constantemente con problemas de inserción y convivencia, y los sentimientos de soledad alterarían su forma de ser. Al partir en un viaje de exilio, el regreso no tiene fecha ni horario, pero la idea de volver siempre es permanente, ya sea de vacaciones o para retornar definitivamente.

 

No sé si me puedo considerar un héroe al volver a mi ciudad para comenzar una carrera con la idea de progreso, pero sí puedo decir que volví transformado; lo cual de alguna manera me hace compartir la idea de Campbell: un héroe es quien se atreve a cruzar la línea de separación entre dos espacios (el cotidiano y el desconocido) y vuelve transformado.