Por Alejandro Gamboa

 

Es usual que, al subir a un colectivo, una persona, sin necesidad de encontrar asiento, enseguida abra un libro, prenda su celular o suba el volumen de su mp3/iPod. No sorprendería a nadie que su actividad perdure a lo largo de todo el viaje y que dicha distracción llegue a hacerlo no darse cuenta que tenía que bajar en la parada anterior.

Si señalo esta situación no es porque me moleste particularmente o me parezca moralmente condenable, por el contrario, admiro a quien pueda complementar diferentes actividades de manera tal de enriquecer su tiempo de la forma que mejor le plazca. El hecho que a mi me mueve, y casi me incomoda, es mi dificultad para proceder de la misma forma. Y si digo esto es porque lo he intentado. Ya sea con mi banda favorita o con el texto que imprescindiblemente tendría que tener leído para el momento de llegar a destino, me cuesta prosperar. Siempre hay algo que me lleva a quitarme los auriculares, a dejar de leer, a alzar la vista: una sensación de estar perdiéndome algo.

 

Claro, me dirán que de lo único que me estoy perdiendo es de la oportunidad de leer una buena novela o disfrutar de un rato de cualquier tipo de música para aprovechar ese tiempo que parece estar de más. Pero yo lo siento de otra forma. Todas esas cosas las puedo hacer en la cotidianeidad de mi habitación, donde la inercia propia que produce la percepción de lo conocido lleva a mis sentidos la tranquilidad suficiente para complacer los deseos que me invocan. Pero cuando estoy arriba de un colectivo, cuando camino por las calles de la ciudad, hay un compromiso con mi entorno que me cuesta eludir. Es demasiada la presión que me fuerza a mirar. Por allí pasan decenas de personas; con o sin ellas surgen objetos; en el medio de todo eso también se plasman situaciones; y, como si fuera poco, con un mínimo de profundidad al mirar, hasta ideas pueden incurrir en nuestro paisaje. Estas surgen de cosas tan insignificantes como un par de movimientos, un gesto o un rostro.

 

Pero, por supuesto, no todo es observación. En el trayecto, uno también se dispersa: reflexiona y fantasea. Ambas cosas pueden llevarnos a abstraernos del contexto tanto como un libro o una consola portátil. Aún así, no es lo mismo. Nuestra vista y nuestros oídos estarán siempre más alertas cuando no hay un objeto que nos compromete y nos concentra, que nos limita y nos reduce. Por más profundos y enajenantes que puedan ser los pensamientos que nos ocupen, serán siempre confrontados, y hasta inducidos, por los azarosos estímulos que cada esquina, cada parada, cada nuevo cuadro que pinta la ventana nos proponen.

 

A pesar de estas posibilidades, son cada vez más las personas que parecen preferir resguardarse en su mundo de sentimientos preestablecidos e ignorar lo que el viaje como traslado mismo nos plantea. Lo que en ese libro está escrito, allí permanecerá; la música en nuestro reproductor sonará siempre igual; el juego del celular nos impondrá siempre los mismos obstáculos, no importa el lugar. El aislamiento que cualquiera de estas actividades producen no solo nos aleja de nuestra realidad presente, también niega al viaje mismo al concebirlo como una etapa que no tiene valor propio sino hasta que se termina. El tiempo en el que uno se traslada se convierte en tiempo improductivo que merece ser llenado con una distracción que nos abstraiga para así poder evitarlo.

 

A una conclusión similar llega Richard Sennett en su libro Carne y Piedra en el que se dedica a estudiar la dinámica de la ciudad y su relación con el cuerpo: el espacio urbano se ha convertido en mera función del movimiento; el ciudadano desea atravesar el espacio y no que éste llame su atención. El autor fundamenta esta tendencia, esencialmente, al señalar que las nuevas tecnologías exigen poco esfuerzo físico para trasladarse, y por ende, menos participación, lo que se traduce en menos estímulos a los que hacer frente, menos incomodidad a la que estar expuesto. La idea central que plantea en este libro es que los cuerpos pasivos, afectos a la comodidad y renuentes a todo lo que les genere molestia, se tornan insensibles ante los demás ya que no pueden aceptar el sufrimiento corporal como algo natural y, por lo tanto, prefieren ampararse en el placer solitario de lo conocido, de lo ya clasificado.

 

Esta perspectiva puede dar lugar a una nueva suposición: algo de desinterés por el otro debe haber en aquellos que prefieren sumergirse en su distraimiento de bolsillo antes que atenerse a las múltiples incitaciones y consecuentes cuestionamientos que nos depara una posición más atenta de lo que sucede a nuestro alrededor. Un simple golpe de vista pude decirnos mil cosas de una persona o de una situación; desde que aquel hombre viene de jugar al tenis, o que aquel otro tuvo un accidente por lo que le tendré que ceder el asiento, por ahí, que le resulté interesante a aquella chica, o que mejor cuido mis cosas porque no me fío de la pinta de ese otro. La gente puede adquirir la llamativa habilidad de moverse, sentarse, pararse y hasta de caminar sin despegar los ojos de su celular o con la mirada perdida atenta a una estrofa en su mente y, aún así, ignorar quien se sienta a su lado. Ninguno de ellos sabe que estuve allí para apreciarlos, para juzgarlos o hasta para necesitarlos. Porque en verdad no estuve. Miraron y no me vieron, viajaron pero casi que no lo hicieron. Refugiados en sus cosas me pasaron a gran velocidad.

 

El sentido de una acción está perdido desde el momento en que se la desvaloriza, desde el momento que se la tolera por el solo hecho de ser imprescindible para la consecución de un fin que consideramos más importante. Y con cuanta mayor velocidad sorteamos esa instancia, más dispuestos estaremos a afrontarla. Cuantos menos estímulos surjan, menos nos interpelará lo desconocido, mayor será nuestra comodidad y menor la conciencia de que el dolor es el necesario costo que tenemos que pagar por ser parte de este viaje, de que lo verdaderamente maravilloso del viaje no son las certezas de haberlo comenzado y saber que lo concluiremos.