Por Malén Corrales
Estoy preparándome para ir por primera vez a la feria de los “bolis”; así todos la definen en el barrio y saben que son esas dos cuadras sobre la Perito Moreno, esquina Avenida Cruz. Son las once de la mañana de un sábado con cielo plomizo, que anuncia lluvia y frío. El colectivo 150 que sale de Lugano me llevó hasta ahí. La parada es justo frente al Club San Lorenzo de Almagro; desde ese punto se distingue el movimiento del lugar, es más me doy cuenta de que toda la gente, desde diferentes puntos, van hacia el mismo sitio. Las mujeres van con sus bolsos y changos vacíos, algunas van en familia, es decir, esposo e hijos incluidos. La mayoría de los concurrentes parecen ser también de la colectividad boliviana.
La feria se extiende desde la intersección de la Perito Moreno y Cruz, por dos cuadras y media aproximadamente, es literalmente el frente de la Villa 11/14. En esa vereda angosta se disponen los puestos callejeros, en realidad, son una sucesión de mesas cubiertas de hule plástico, alternadas con braseros que calientan grandes ollas humeantes; frente a los locales de “restoran” o de venta de especies, legumbres, semillas y frutos que según me dicen, no son de esta tierra, sino de Bolivia misma.
Las casas de la villa son de material. Ladrillo y cemento en las juntas, sin revoque, con una puerta de metal agosta y una o dos ventanas; todas tienen un piso más, construido, salvo una de ellas que se destaca por tener dos y estar totalmente revocada. Estas viviendas, en su planta baja, funcionan como locales al público, cada dos o 3 casas hay un pasillo angosto que lleva al interior de la villa, esos corredores son las “calles” internas por donde circulan los vecinos. En las terrazas del primer piso, cuelgan la ropa lavada y es el depósito de los artículos que venden en sus locales de la parte baja. En el primer piso es donde viven los propietarios de dichos locales.
Los días sábados esta comunidad dispone desde temprano este particular mercado. Aquí pueden comprar: las verduras, hortalizas y legumbres de su tierra. Me acerqué a un puesto sobre un gran tablón que sostenía otros estantes, allí atiende Alejandra y su nieta, ambas bolivianas. Venden todo tipo de porotos, legumbres y chuño, papa pequeña, blanca y grisácea. Ella la cocina y fríe, la parte con sus dedos para embolsarla en pequeñas bolsitas. Se vende mucho ya que es algo que comen a toda hora. Alejandra hace lo mismo con una semilla, de interior gelatinoso, llamada mote. Las traen de Bolivia.
Me cuenta que no pueden vivir tranquilas a causa de los “vaguitos”, que vienen a robarles a todos cuando necesitan plata. “-A los paisas no nos dejan vivir tranquilos, los vaguitos nos hacen el aguante (esto es, las amedrentan) y la policía no nos da bolilla-“dice Alejandra. Por eso están siempre atentas. Usan para trabajar unos delantales a cuadros con grandes bolsillos para guardar el cambio y proteger la ropa, cuando juntan una buena cantidad de dinero lo esconden por las dudas y así trabajan hasta las 19 horas, que es el final de la jornada.
En los Restoranes del mercado se sirve: “Rango”, “Chanko de pollo”, “Frikose, platos típicos bolivianos que pueden incluir porotos, pollo, o chancho entre sus ingredientes y picante o “ji-picante” como dicen. En las ollas se cocina a la vista; el chancho, hierve con cuero y todo, junto con verduras, para darle sabor, en otro caldero se va calentando la grasa para freír el “chicharrón” (así se denomina este plato) o las “rosquillas de harina”.
Vanesa de 27 años, con doce años de residencia en la villa, es propietaria de un restaurante. Se la ve contenta, bien arreglada, con el pelo largo teñido, aros de oro, jeans y zapatillas, más el típico delantal que la define como vendedora.
La apariencia del lugar es bueno, está limpio y las mujeres asean constantemente sus enceres, no hay basura ni desperdicios a la vista. A pesar del fuerte olor a comida, grasa caliente, cebollas y ajíes picados, no puedo decir que el lugar es sucio. Así como la gente no es pobre sino humilde, trabajadora, tienen el tipo del campesino. Son las mujeres las que van al frente de los negocios, los hombres se encargan de descargar la mercadería, armar los puestos, además de la vigilancia del lugar. Ellos se paran en las esquinas y mientras conversan están atentos a los movimientos de los transeúntes.
También abundan los denominados “remises truchos” que son autos en mal estado, chocados, viejos, que manejan los varones de la comunidad; literalmente cargan en estos vehículos, de todo.
Un párrafo aparte merece el tema de la constante sensación de alerta que experimenté yo pero que también está en el lugar, ya que el mercado forma parte de lo que se llama La villa 11/14, conocida también como, La villa narco. Es por esto, que uno tiene el sentimiento de tener que estar siempre atento a cualquier situación.
Las personas de la colectividad se manejan con un lenguaje muy particular de señas, miradas y gestos, es decir, con determinados códigos que no te comparten sino perteneces a ella. Estaba observando esto, cuando de manera sorpresiva se presentó un acontecimiento inesperado, por lo menos para mí, pero que a la vez reafirmaba mis reflexiones anteriores. Llegaron dos patrulleros e interceptaron a un camión lleno de mercadería (fideos, arroz, granos) y pidieron a una mujer, que estaba con su bebé en brazos, los documentos y los papeles de habilitación. Esta situación alteró el ritmo habitual del mercado y todos estaban nerviosos e intranquilos, por no saber cómo podía terminar aquello. En ese momento, después de la intervención de la policía, decidí que lo más apropiado era dar por finalizada mi visita, ya que el ambiente se puso realmente tenso y no podía predecir qué podía pasar luego.
Crucé la Avenida, para llegar a la parada del colectivo que me llevaría a casa, con la certeza de que no fue un sábado más en mi vida, sino uno para recordar.