Por Martín Manrupe

Me bajé del colectivo y luego de caminar algunas cuadras por la avenida Vélez Sarsfield di con un cartel que indicaba la ubicación de la estación Buenos Aires. Transité una larga cuadra en la que había algunas fábricas y finalmente la encontré. Lejos estaba de parecerse a las grandes estaciones, gigantes con techos altos y siempre repletas de gente; ésta parecía ser una más, con la única distinción de que era la terminal del Belgrano Sur. Entré y saqué ida y vuelta a González Catán. el final del recorrido. Un guarda vestido con uniforme azul me pidió el boleto y lo agujereó. Luego pasé al andén donde ya me esperaba el tren listo para que lo abordara.

Al subir esos escalones metálicos –“estribos” para la jerga ferroviaria– me encontré con un vagón en condiciones bastante humanas. Se notaba que había sido refaccionado hace poco y también tenía por lo menos unos veinte o treinta años de antigüedad. Pintado de color beige, tenía un techo medio alto, ventanas sucias pero en buen estado y casi todos los asientos en condiciones de ser utilizados. Estos últimos son un apartado especial en los viajes, en particular en los trenes, ya que tienen la particularidad de que se pueden mover. Se pueden dar vuelta para que los dos asientos queden enfrentados, y así poder sentarse cara a cara hasta cuatro personas. La mayoría de las personas corren los que están puestos para cuatro para ganar así, supongo yo, más privacidad y evitar un mayor cruce de miradas. Algo que realmente me llamó la atención, y que nunca antes había visto en trenes de corta distancia, fue la presencia de unas piletas: ubicadas en la entrada del vagón como para lavarse las manos, que no funcionaban pero que alguna vez lo hicieron, vaya a saber en que época y en que viaje –¡las historias que tendrán esos vagones! –. Me senté del lado de la ventana y poco a poco se fueron ocupando todos los asientos. Miré hacia adelante y además de encontrarme con un tanteador de un partido de truco observé un mensaje: “Soy David, 154-996-8898, ¡Llamame! (Solo mujeres de 18 a 40 años)”, me sonreí y miré a mi acompañante. Era un señor de unos sesenta años, con poco pelo y canoso, vestía una camisa a cuadros azul y blanca y un pantalón color salmón. Enseguida sacó de un sobre papel madera una radiografía, en la que había varias placas, que parecían -según mi escasos conocimientos médicos- de la cabeza o el cerebro. Lo miré con atención para tratar de entenderlo pero enseguida, con una mirada penetrante, me dio a entender que no quería compartir sus análisis conmigo. Entonces volteé mi cabeza y me puse a mirar por la ventana.

Se observaba un paisaje uniforme: humilde y venido a menos, como quedado en el tiempo. Desde que partió hasta que salió de la Capital había pasado por cuatro estaciones: Sáenz, Soldati, Pte. Illia y Lugano. A lo largo de ellas se podía ver con claridad lo que es el sur de la Capital Federal: muchas fábricas abandonadas, depósitos y galpones, resultado de la gran industrialización que transcurrió el país hace más de cincuenta años. Edificaciones chatas, casas antiguas y humildes; una imagen bastante desoladora, solitaria y gris que concluyó justo antes de cruzar la General Paz con la enorme torre del Parque de La Ciudad. En la provincia, el paisaje no cambió demasiado; ya no eran tantas las fábricas que se veían pero sí gran cantidad de casas, todas ellas de humilde construcción, con ladrillos a la vista y techos de chapa. A medida que el tren avanzaba y se alejaba de la gran ciudad, la ventana me demostraba cada vez más que estaba en provincia, en “la provincia”: campos, arroyos y muchas menos construcciones abundaban en el paisaje. Los edificios solo aparecían en los pequeños centros urbanos que se formaban alrededor de las estaciones como Villa Madero, Tapiales o Laferrere. Otras, parecían estar en medio de la nada, como en el medio del campo: Castello, Eva Duarte, Independencia. El rasgo común de todas era su buen estado a pesar de su antigüedad junto con el infaltable puesto de “chori” en cada una de ellas.

El vagón fue casi siempre lleno. Se podían distinguir dos grandes oleadas de gente: una primera que iba desde Capital Federal hacia la provincia –pero no demasiado lejos– y una segunda que lo tomaba más adelante y se dirigía a los grandes centros de Laferrere y González Catán. En su mayoría eran de clase media baja, y baja; abundaban los jeans y pantalones deportivos, buzos polares y camperas gastadas. A lo largo de todo el viaje, ida y vuelta, pude encontrar a tan solo un hombre vestido de traje y corbata (que por cierto viajó de Soldati a Sáenz, dentro de la Capital Federal). Un alto porcentaje de los pasajeros era el que transportaba algún bulto: mochilas, bolsos, bolsas grandes. Supongo que sería el resultado de una larga jornada laboral lejos de casa, ya que el tren tiene un extenso recorrido de terminal a terminal, de unos treinta kilómetros de extensión. Uno de los rasgos más salientes fue la presencia de madres muy jóvenes, con varios hijos de corta edad. Adelante mío viajaba una pareja, ella de unos veinte años y él de unos veintitrés. Tenían dos chicos, Avi, una nena que tendría nueve años y Uli, un nene de unos seis. Mientras los dos hermanos jugaban pasándose de un asiento a otro, ellos hablaban acerca de un trabajo que no pude llegar a distinguir de qué se trataba pero que implicaba un viaje de fin de semana a Bahía Blanca para hacerse con unos trecientos o cuatrocientos pesos, según él decía. Ella lo escuchaba y al mismo tiempo se mostraba un poco insegura e indecisa; mientras que cada vez que un vendedor pasaba, Uli los interrumpía: “Ma, ¿me comprás?”. Al recibir siempre una negativa, seguía jugando en los asientos. Luego de un par de advertencias el padre se cansó y le gritó: “¡Ulises! ¡Terminala! ¡O te voy a dar una trompada en la boca!”. Ante semejante grito yo imaginé al nene llorando o quieto como una estatua, pero él siguió jugando y saltando como si nada. El padre siguió hablando con su mujer y al cabo de un rato le dijo al nene: “Dale boludo, bajamos”. Se pararon y se dirigieron a la puerta. En ese momento observé que ella llevaba en brazos a un tercero: un bebé, casi recién nacido. En otro asiento estaba sentada una mujer que lucía muy cansada. De unos cuarenta años, muy desarreglada y avejentada. Parecía volver de trabajar largas horas en la Capital, se le cerraban los ojos y yo pensaba en el deseo que tendría de llegar a su casa. Llevaba un pantalón de corderoy negro y un sweater beige, ambos muy desgastados. Le temblaban las manos y se comía las uñas, me preguntaba qué preocupaciones estarían pasando por su cabeza. En José Ingenieros agarró su bolso verde y bajó. El cambio de historias y de vidas es una constante en el tren, suben y bajan, van y vienen. Mientras la veía bajar fui interrumpido por un grito muy fuerte: “¡Chipa, chipa, rico, rico, lleve chipacito dos por un pesito!”. Era una señora bastante mayor, muy arrugada y a la que casi no se le veían los ojos de lo abrigada que estaba.

Los vendedores ambulantes son un capítulo aparte en los trenes. A lo largo de mi viaje pasaron exactamente quince. Productos y estrategias de marketing de lo más variadas y exóticas. Iban desde un clásico vendedor con voz de locutor que se lucía explicándome las ventajas de un llavero encendedor que además tenía linterna, hasta un chico de unos siete años que casi suplicándome me pedía una moneda a cambio de unas estampitas, muy curiosas por cierto. De un lado expresaban un mensaje de amor que decía: “Tu amor por ti me hace perder la noción del tiempo…” y en el otro había una tabla de multiplicar. Un ciego cantor de zambas, vestido de traje y con su guitarra criolla, también desfiló por el vagón; poca atención le prestaron a su cantar y pocas monedas recibió. Otro, más ligado a la tecnología actual, vendía estrenos en DVD. Pero mientras hablaba casi no se lo escuchaba, ya que dos adolescentes vestidos con ropa deportiva escuchaban cumbia en su celular a gran volumen y convertían el vagón en casi una bailanta.

Justo antes de llegar de vuelta a la estación Buenos Aires, y tras padecer atrás mío a un hombre que se la pasó escupiendo el piso desde que subió en Querandí, pasó una última persona pidiendo que sintetizó el trayecto dominado por el abandono y la pobreza. Una mujer joven, vestida con un jogging azul y abrigada con un poncho rojo bastante sucio pasaba con sus dos hijos: la nena cantaba una canción infantil acerca de un tal “mono tití”, mientras que el nene repartía un papelito: “Tengo 19 años, no tengo trabajo y tengo cuatro hijos que darle de comer. Ayúdeme, dios lo bendiga”.

Me bajé del tren, caminé por el andén y el mismo guarda que me había agujereado el boleto al inicio de mi recorrido, me lo pidió y se lo quedó.