Por Belén Tenaglia
Jueves 25 de Octubre de 2007. Son las 18 horas y el calor del día se ve en la expresión corporal de los transeúntes. Salgo de las estación Once y me encamino hacia la calle Corrientes por la avenida Pueyrredón. La multitud intenta arrastrarme. Soy una de las pocas que va en sentido contrario pues la mayoría de las personas se apresuran por llegar a tomar el tren o el colectivo luego de un día laboral y así alejarse de la capital porteña. No se percatan ni de la mayor incomodidad. No se inmutan ante un carterazo, un codazo ni ante los pisotones y golpes que se dan entre ellos. No interesa nada. Solo el regreso al hogar.
El aroma del cansancio, al atardecer, se huele en el aire mientras el calor de un día primaveral se mezcla con el de la gente en una ciudad que, a las 22.30 horas, se convierte en un desierto. Quedan pocos automóviles en la avenida Corrientes. Esa misma avenida que antes era imposible de cruzar ahora siente la soledad. Las veredas añoran el paso de la gente y un aire fresco se respira junto a la desolación de la trastienda porteña. La ciudad está empapelada de afiches de la campaña electoral del próximo domingo. Esos afiches que en el día eran imposibles de ver por el ritmo agitado de la cuidad, ahora constituyen el despoblado panorama. En respuestas a las promesas electorales de los candidatos que sonríen en la pared, los cartoneros colman la noche porteña para realizar su desfile. Carecen de interés ante los escrutinios dada la falta de esperanzas sobre el futuro. Hablan sobre su organización, su actividad diaria, los códigos laborales y sobre los escasos pesos que llenan sus bolsillos luego de juntar cartones y papeles que intercambiaran a $0.75 el kilo a pocas cuadras, en la calle Corrientes al 2600. Una mujer junta cartones con su pequeño de no más de tres años. El niño llora y su madre, impaciente, lo golpea con una botella de plástico. Quizá ese golpe simbolice el que le dio el sistema a tanta gente que cayó en el “cartoneo”. Un chiquito sentado dentro de una caja imita el quehacer de los mayores. Toma los papeles y los dobla imperfectamente dado su torpe control motriz propio de su edad.
Los restaurantes están vacíos y los kioscos van finalizando su atención al público. Un puesto de diarios está abierto. Eso me llama bastante la atención ya que en el conurbano bonaerense, los kioscos de diarios cierran al mediodía. El diariero conversa animadamente con un policía sobre la paz que reina en ese barrio. Me sorprende eso, teniendo en cuenta la opinión común sobre la inseguridad que se vive en el centro porteño. El oficial agrega que en la zona no suele haber disturbios y, en el caso haber alguno con los cartoneros, la policía no interviene pues se resuelven mediante códigos de organización propios de los indigentes. A su vez, el hecho de ser un día de semana justifica que no haya conflictos nocturnos, por eso la ausencia masiva de policías que vigilen las cuadras; los disturbios se suceden, en su mayoría, en el día.
Recuerdo el extrañamiento que sentí en cierta oportunidad mientras caminaba, de noche, por la calle Lavalle. Caras raras llamaban poderosamente mi atención, temor y desconfianza ante quienes pasaban a mi lado y el sentimiento de ser una turista en mi propio país y en mi propia ciudad a pesar de vivir en ella. Sentí que estaba en una selva, muy distinta al conurbano bonaerense. A las 23.45 horas finalizo mi recorrido y emprendo mi camino a casa. Lo mismo hacen algunos cartoneros que dirigen su marcha hacia la estación Constitución u Once mientras otros se acomodan en las bocas de los subtes en espera de un nuevo día que los acerque al fin de semana que los llevará de regreso a su hogar.
De a poco, bajo las luces callejeras que imitan el estilo de las ciudades de las grandes metrópolis, se va durmiendo Buenos Aires para despertar por la mañana al compás de los ruidos vehiculares y los pasos agitados de los transeúntes.
Junio 21, 2008 at 1:48 am
Me identifico mucho con esa forma de mirar a Buenos Aires. Es una ciudad que, sobre todo de noche, me llama mucho la atención, y es verdad que no se parece en nada al conurbano bonaerense. Muchísimo menos de lo que se parece de día, porque si bien es verdad lo que siempre se dice de que “en Capital la gente anda en la suya, nadie se mira, todos te empujan…”, en las ciudades del conurbano no es tan distinto: la única diferencia es que por ahí uno de esos que te empujó es un conocido tuyo.
Pero Bs. As., a la noche, es algo completamente distinto. Yo lo pienso como que es una cancha de fútbol una o dos horas después de que terminó el partido, o un boliche a las 7 am, cuando ya se fue toda la gente. Faltan los actores. Y a la vez, se sabe que al otro día van a volver, para seguir empujándose apurados.