Por Elisa Pagano
En la avenida Carabobo, en el Bajo Flores, entre talleres de chapa y pintura e hinchas que se dirigen a la cancha de San Lorenzo, se puede notar algo particular: carteles de venta o alquiler de inmuebles, los típicos carteles de fondo rojo y blanco, con grandes letras y números telefónicos en amarillo y negro, que uno acostumbra a ver en cualquier parte, llevan escritos símbolos de una lengua asiática. Un barrio coreano.
No solo los carteles de venta están escritos en coreano; también en comercios de ropa, electrodomésticos, jardinería. Lo mismo con los horarios de consultorios médicos en la planta baja de algún edificio, o los horarios de la Escuela, en cuya reja del frente un pasacalle amarillo con letras marrones o coloradas invitaba, según pude deducir por las dos o tres palabras en castellano que aparecían, a una obra de teatro.
La imagen de hombre asiático que siempre tuve es la de un sujeto muy espiritual. Imagen que podría evidenciar el significativo número de centros religiosos que se observan: la Primera Iglesia Evangélica Coreana Presbiteriana, Centro Zen Buddhista Coreano (Koryosa), Iglesia Youngrak Coreana Evangélica Metodista Argentina y la Iglesia Presbiteriana CHE-IL Coreana. Esta última es un gran edifico de ladrillo, con una amplia puerta de entrada sobre la que se alza una arcada de rejas cubiertas con hierbas; se abre un camino de adoquín sobre el que se alzan arcadas similares, y en el jardín aledaño hay juegos infantiles.
Me pregunté cómo vivían en este barrio, cómo se adaptan a Buenos Aires. Busqué a quién preguntar. En el frente de un negocio había una mesa con una pila de ropa de todo tipo; sobre la persiana americana del lugar se leía en un papel: “Pantalón azul a $5”. Entré. Me invadió un olor ácido, rancio, como a ajo o algo similar. Hileras de blusas, polleras y pantalones recorrían el lugar hasta el fondo. Allí se encontraban dos mujeres coreanas charlando en su idioma. Una se probó un vestido, sobre la ropa. Curiosamente, detrás del mostrador, varios anaqueles con algas desentonaban con el lugar. Pregunté a la vendedora qué tipo de algas ofrecían. Me miró e inmediatamente llamó a una jovencita al otro lado del negocio. La chica con muy buen castellano me explicó que un tipo de algas se debían preparar con agua, otras podían ser comidas con arroz; tomó un paquete y dijo: “Estas, nuestras, coreanas”.
Es interesante su forma de hablar. Más allá del precario manejo de nuestro idioma, hablan esquivando la mirada, como no queriendo decir mucho, entre tímidos y desconfiados. Esa actitud contrastaba enormemente con un grupo de chicas afuera que cruzaban la calle luciendo unos diminutos shorts, “llevándose el mundo por delante”. Un póster sobre la pared de un quiosco invitaba a ver una banda de “rock coreano”. La calles son tranquilas, los jóvenes se agrupan en esquinas, como cualquier adolescente, pero siempre dentro su comunidad. ¿Es este un barrio porteño?
Por un lado, esas calles parecen un mundo aparte, cerrado, en el que esta comunidad trata de conservar su cultura. De pronto veo a un coreano que habla con un argentino en una esquina. En un castellano rústico alcanzo a escuchar la palabra “boludo”; entonces, pensé, se integran. El barrio los integra.