Por Pilar Martinez Albores

“Estúpido, insensato, ¿sabes lo que has hecho?”
Otelo, de William Shakespeare, escena II, acto V.
-Lamento de Emilia luego del asesinato de Desdémona-Desde hace un tiempo sospecho que estoy por perder mi trabajo. Tomaron gente nueva y despidieron a dos que producían más y cobraban menos. No hay lugar en la oficina y hace semanas que vagabundeo en vano, tratando de aparentar utilidad. Me ofrezco para ir al banco, atender llamados y recibir clientes. Corro. Soy correctora, pero sirvo café. Compro los diarios que se necesitan y me dedico al deber de devolver llamadas a personas displicentes que no contestan jamás, y si lo hacen, lo hacen de muy malhumor. No me permito un minuto de paz. Así y todo, cuando llega el jefe y me pregunta en qué estoy trabajando, quedo atontada, y contesto “EN NADA”. Sí, como una estúpida.

Gracias a Google, hasta una oficinista estúpida -y potencial desocupada- puede averiguar que la palabra “estúpido” proviene del latín, del sustantivo stupidus (sorprendido, asombrado, aturdido). La misma raíz etimológica dio lugar a palabras como estupor (asombro, pasmo), estupendo (asombroso, admirable) y estupefacto (atónito, sorprendido, pasmado). También existe estupefaciente, que describe el efecto narcótico y adormecedor que producen el opio y algunas otras drogas. Se supone que a causa de la expresión de eterno asombro que muestran los retrasados mentales, el término estúpido se envileció y pasó a ser un insulto. Pero por su historia, me inclino a pensarlo adecuado para designar al “estupefacto”.

La idea del estúpido estupor -valga la redundancia- se me representa como una imagen congelada. Es la expresión de las liebres del campo que de noche quedan encandiladas ante el auto en que viajo, sin moverse, esperando ser atropelladas. Tal vez aquel animal es una eminencia entre sus congéneres, pero durante algunos momentos es para mí un ser terriblemente estúpido, capaz de convertirme en asesina. Sin embargo, nunca maté a ninguna; siempre corren a tiempo.

Creo que ‘estupidez’ es la palabra ideal para describir esos lapsus de inacción y falta de respuesta que me atacan seguido. Después –y sólo después- de alguna respuesta estúpida a las preguntas de mi jefe, me siento estúpida. En el momento de contestar, pienso que estoy evitando mentir, que estoy siendo, quizá, obediente, sensata. O mejor dicho, directamente no pienso, estoy con el cerebro quieto. La reacción llega, invariablemente, un poco tarde. Me siento inoperante, y además, indefensa.

Ojalá pudiera tomar conciencia de mis estupores tan rápido como las liebres que cruzan rutas por la noche. Percibo la estupidez cometida sólo si me alejo lo conveniente. Ese distanciamiento deviene con el tiempo, o quizás con otra cosa.

Creo advertir que existe cierta lejanía sentimental, una congoja que desviste de subjetividad y cariño toda evaluación hacia quien nos defrauda. Una vez vi a una mujer harta de su ex marido, que se preguntaba cómo el amor –pasado y pisado- la había cegado lo suficiente como para cometer la estupidez de casarse y abandonar toda expectativa. Oscar Wilde decía que siempre hay algo ridículo en los sentimientos de las personas que hemos dejado de querer[1]. ¿Y por qué no también algo estúpido? Tal vez la conciencia de la estupidez del vínculo es la postura crítica que nos permite romperlo, saliendo de una vez por todas de la estática contemplación de los enamorados, cuando el otro es una persona estupenda y somos felices de sólo contemplarlo.
Me interesa más la distancia que surge con el tiempo. La conciencia de mi propia estupidez –en este caso la literaria- suele aparecer cuando leo cuadernos que escribí años atrás. Mi intención no es mortificarme a raíz de evaluaciones crueles. Invariablemente termino haciéndolo.

Se encuentran muchas estupideces mirando al pasado; los nostálgicos solemos toparnos con varias, más allá de la indulgencia romántica que les dispensemos. En casa hay unas revistas que están en la familia desde la Guerra Fría, y tengo la costumbre de hojearlas. En el último número de 1962, una apocalíptica autora describía “la vestimenta estrafalaria y los maquillajes absurdos (…) que adoptan millones de mujeres (…) que se han dejado hechizar, confundir y alelar”[2]. A continuación puede observarse su aversión por la sombra verde para párpados, que identifica como “color de hongo venenoso”, un “efecto reservado para las películas de fantasmas”. Y qué decir de la opinión que le merece el famoso vestidito Jackie: “la mujer oculta el cuerpo dentro de un negro sudario que la cubre del cuello a las rodillas”. Esta postura que es, a lo menos, risueña, era la voz de lo sensato cuando fue publicada. Un análisis crítico y, se quiere, desafiante a los caprichosos diseñadores de moda que se habían atrevido a poner verdes los ojos de las señoras, y a escamotearles el talle y la cintura detrás de un vestido tubo.

Hoy, el postulado de aquella sensata dama quedó obsoleto. Nos parece una estupidez. Pero es una estupidez ahora. Uno no es estúpido; lo ha sido. Parece evidente que la estupidez muestra una frecuente obstinación a darse en el ayer.

Creo que mirar el pasado es útil. No consiste solamente en divertirse con el desacierto ajeno. El movimiento de distanciarse y observar estupideces puede servir como antídoto para otras. El viaje puede ser proyección a futuro, o por el contrario, postura crítica al pasado; funciona en ambos sentidos. Es interesante dejar pasar el tiempo para tomar conciencia de la estupidez que cometimos, o bien, retroceder al pasado, reconocerla y evitarla en el presente. Se trata de traslados, de salir de la pasividad, moverse con la mente para comprender algo. Es oponer acción al estupor inactivo de la liebre, es la voluntad crítica capaz de sacudirnos las modorras de la estupidez. Así, la reflexión es una suerte de café preventivo que nos mantiene despiertos a pesar de la rutina, la tradición y el sentido común, nuestros tres estupefacientes cotidianos.[1] Wilde, Oscar; El Retrato de Dorian Gray, Buenos Aires, El Ateneo, 1966.
[2] Merrian, Eve “¿Por qué se disfrazan las mujeres?”, publicado en la políticamente correcta Selecciones del Reader´s Digest, edición argentina, N° 265, Diciembre de 1962.