Por Germán Mentil
“… pasa día y noche tocando el piano, es lo único que hace, es lo único que puede hacer.”
No conocía a la señorita cuando solicité sus servicios; todo lo habíamos hecho por carta, por eso es que pude reconocer su letra. Mi objetivo era que se sintiera lo más confortable posible, deseaba que se quedase al cuidado de los niños por siempre, luego de la muerte de nuestra antigua niñera. ¿Había hecho lo correcto?
Tiempo después recibí una carta que advertía sobre ciertos sucesos que estaban ocurriendo en mi hogar. Aún no sé quien la envió, pero reconocí la letra de puño de la señorita Grey, la niñera. ¿Por qué tomó esa decisión? ¿De donde sacó esas ideas? ¿Qué tan culpable soy? Me pregunto continuamente. Sentí cierto descontento, ineptitud, enojo y mucha intranquilidad. Había dejado en manos de la señorita cualquier inconveniente durante mi ausencia, pero me preocupaba todo lo que estaba escrito en aquella carta; se notaba que había dedicado mucho tiempo en escribirla por la prolijidad y el perfume francés que se sentía con nitidez.
Mencionaba desconfianza, dudas y espectros, ciertos comportamientos extraños de los niños, mis sobrinos, los que ella debía cuidar. Me dirigí inmediatamente hacía allí. Por primera vez renunciaba a mis labores. Cuando llegué, todo parecía normal. Hubiese pensado que nada de lo escrito era cierto. Entré por la puerta principal y anuncié mi llegada. Algunos sirvientes se acercaron y les pregunté por Clara y Álvaro, mis niños. Me miraron sorprendidos y nadie respondió, a pesar que uno de ellos hacia referencias a algo que tenía que ver con mi presencia. ¿Será quien me envió la carta? –pensé. Enfadado, me acerqué a la sala principal, conducido por una hermosa melodía del piano. Álvaro tocaba su canción preferida, me vio, se levantó y me dio un abrazo. Sentí su cuerpo frío, su cara triste, estaba pálido y parecía muerto. Le pregunté por la señorita Grey y no me contestó. Tampoco lo obligué y preferí buscar por el resto de la casa. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué la urgencia de mi presencia? Al no hallarla me dirigí a su habitación. Quizás no era lo más conveniente, en verdad no era correcto ingresar al cuarto de una señorita, pero era el dueño de la casa y tenía derecho a hacerlo. Me senté un rato y pensé en lo que había ocurrido hasta ese momento. Me intrigó la compostura de la servidumbre y la frase que Álvaro me anunció, con una voz suave, al abrazarme: “Llegaste tarde”. Miré a mí alrededor, lo recuerdo muy bien, porque fue allí que encontré sobre una mesita un libro, mejor dicho, un diario íntimo. Imaginé que podía ser de la señorita, dudé en tomarlo y nuevamente cometí un error.
Quería terminar con tanta intriga, la misma que deben sentir ustedes al leer esto.
Abrí la primera hoja del diario: a simple vista no notaba nada extraño, parecía un relato común y corriente, es más, nada tenía que ver con los días que había pasado, hasta ese momento, en nuestro hogar. Recién a la mitad, luego de unas horas, comencé a descubrir palabras familiares, como el lago, mi ama de llaves, los niños y hasta mi nombre que acompañaba con dulces frases. Comenzaba develar algunos acontecimientos que habían ocurrido. ¿Clara se había escapado? ¿Mis sobrinos tenían conversaciones con mis antiguos empleados ya muertos? No lo entendía, ellos temían a los fantasmas. Me obligaba a creer en ciertas visiones de la señorita, sobreprotección irrefrenable hacia los niños, en la locura que cobijaba, casi diría enferma. Seguí leyendo, quedaba clara la obsesión por Álvaro, cierto amor reprimido que se traducía en protección.
Me levanté, ya llevaba varias horas, había leído casi todo y seguía escuchando el sonido del piano. Caminé por la habitación elaborando hipótesis sobre lo que podía haber acontecido. Quizás la señorita Grey estaba loca y alguien envió la carta que ella había escrito para darme aviso. Tal vez los niños no deseaban que los cuidara porque recordaban a la antigua niñera y aquella por celos inventó la historia. Hipótesis y más hipótesis llegaban a mi mente. Apareció, por fin, la señorita Grey, quien se quedó inmóvil al verme. La saludé cordialmente y me senté en su cama. Se sonrió y me preguntó por qué no me había presentado antes. No debió hacer aquella pregunta. Consideré que era el momento apropiado para que me diera alguna explicación de lo que estaba ocurriendo pero no me contestó. Me estaba ocultando algo, se le notaba. Yo movía manos y piernas incesantemente, por los nervios. Verla como si nada, siendo que le había encomendado la solución de cualquier inconveniente, me producía una mayor irritación. La intimé a responder, aunque sea, una interrogación: ¿por qué había dejado de sentir el corazón del niño? Estaba escrito. La señorita Grey se levantó de la cama y en un solo sollozo libró sus primeras lágrimas, luego me pidió perdón. Me anunció que los niños estaban siendo poseídos por demonios y que lo hizo por protección. No consentí su lloriqueo, tampoco entendía su arrepentimiento “¿qué le había hecho a mis sobrinos?”, pensé. Me acerqué a la señorita y le indiqué que hacía unas horas había estado con Álvaro y que parecía angustiado. Sus lágrimas cesaron. Me miró a los ojos y me dijo:
–El niño pasa día y noche tocando el piano, es lo único que hace, es lo único que puede hacer.
Entendí por qué el niño estaba frío, por qué condenó mi tardía llegada. Salí y corrí hacia la sala, todo estaba descubierto. Lo observé, seguía tocando el instrumento y me tranquilicé. Lo abracé enérgicamente y le dije que pronto la niñera se iría, que estaba loca. Entonces, la señorita Grey apareció y me preguntó:
–¿Usted también lo puede ver?

Octubre 25, 2006 at 7:06 pm
Me fue difícil compenetrarme en la historia, ya que antes de leerla me habías contado que era una onda “los otros”!!!, por lo cual no sentí mucho suspenso, pero objetivamente está muy buena! tenés pasta de escritor!