Por Lorena Lescano

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 ”Estaba hermosa, como siempre. De pie, sostenía una bujía que iluminaba tenuemente la habitación.”

Todavía recuerdo la cara de aquellas personas que con suma atención escuchaban el relato que noches anteriores les había prometido y que había provocado en ellos una suerte de interés mayor del que había previsto. El final sobre todo dejó atónito a aquel círculo de personas que siguieron la historia noche tras noche junto al fuego. Según el relato de la institutriz ese niñito tan adorable, bello e inteligente había muerto. Pero no fue así.

El niño Miles de la historia no era otro que yo. El mismo que les estaba leyendo el manuscrito. Creí que lo mejor era cambiar mi nombre por Douglas para que no me preguntaran mi versión de los hechos que, de alguna manera, difería de la institutriz. ¿Por qué lo hice? No lo sé. Quizás era una manera de evitar que la traten como una paranoica que no hace otra cosa que ver fantasmas que no existen en la realidad, aunque sí quizás en su interior.

Hoy la comprendo, ya que el trabajo solitario que se le había encomendado no era nada fácil para una joven inexperta. Tenía la enorme responsabilidad de cuidar a unos niños de los cuales su tío no quería saber nada. Estaba lanzada a la aventura de defender y proteger a las criaturas más desamparadas y adorables del mundo. Quizás en su buena voluntad creyó ser la heroína que vendría a salvarnos a mi hermana y a mí de fantasmas que según ella no buscaban otra cosa que corrompernos, inculcarnos el mal y destruirnos. Y lo más asombroso era que esos fantasmas no eran otros que Jessel y Quint. Personas de las cuales en ese entonces yo guardaba un buen recuerdo por los momentos que habíamos vivido juntos y a los que jamás hubiese tachado de perversos y maliciosos aunque reconozco que sospechaba que mantenían una relación prohibida. Las apariciones solo existían en su cabeza porque en lo que respecta a Flora, a mí o al personal nunca los vimos. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué pretendía? Nunca lo supe.

La profunda admiración y amor que le tuve me llevó a disfrazar la historia. Debo reconocer que ella me gustaba mucho y creo que yo también le gustaba, de otra manera no me hubiese proporcionado el manuscrito como último gesto antes de morir. Al leerlo por primera vez me sorprendí por lo que ella creía que en verdad estaba sucediendo, pero me estremecí al llegar al final y encontrarme muerto.

¿Por qué sintió la necesidad de matarme? Presumo que realmente lo que murió en la última escena de su diario fue un amor. Fue una renuncia al deseo que sentíamos ambos pero que era imposible de concretar por la diferencia generacional que nos separaba, una diferencia de diez años que parecía abismal. Quizás depositó en mí el enamoramiento que tenía para con mi tío, ante la imposibilidad de comunicarse con él. Creo que fue la manera que ella encontró para darle un cierre a esa historia que tanto la había perturbado en ese entonces.

Hoy todavía recuerdo muy claramente aquella noche cuando ella entró a mi cuarto como en el mejor de mis sueños. Llevaba un camisón largo lleno de puntillas y volados que la cubría completamente sin dejar nada para ver, pero que lo insinuaba todo. Estaba hermosa, como siempre. De pie, sostenía una bujía que iluminaba tenuemente la habitación. Le tendí mi mano con mucha ternura de la manera que solo un niño podía hacerlo como señal para que se sentara a mi lado al borde de la cama, y así lo hizo. Nuestras miradas se cruzaban intensamente. Le conté que estaba justamente pensando en ella como solía hacerlo todas las noches antes de dormirme. También pensaba en el asunto de la escuela que en ese entonces me preocupaba porque no sabía qué era exactamente lo que le había informado el director. Nunca antes le había comentado nada del colegio, de mis compañeros y lo que había ocurrido porque no sentía la necesidad de hacerlo, pero sabía que estaba en problemas. Y cuando ella empezó a ahogarme de preguntas al respecto, yo le respondí apagándole la vela de un soplo.

Lo que aconteció después fue la llegada de mi tío que nos llevó a Flora y a mí a un colegio pupilo y el despido de la institutriz que tanto habíamos aprendido a querer y que no volvería a ver nunca más. Recién recibiría noticias de ella cuando estaba a punto de morir; su última voluntad era que yo conservara su diario íntimo donde había relatado su estadía en Bly.