Por Pilar Martinez Albores
“Al mirarme bajó los ojos. Juro que nunca había estado yo frente a un alma tan pura.”
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Desde el día en que nos conocimos, la amé profundamente. ¿Debí haberme comportado de otra manera, ignorarla, tener un trato servicial y distante, frío quizás? Me la presentaron una tarde. Ella sería la institutriz de Miles y Flora. Pálida y delicada, no parecía una criatura de este mundo. Su apellido, musical como una risa o un balbuceo de bebé. Jessel…Jessel…Señorita Jessel. Al mirarme bajó los ojos. Juro que nunca había estado yo frente a un alma tan pura.
¡Debí dejarla en sus pensamientos, en sus libros, sin mancharla con mi nombre ni mi pobre amor! Eran demasiado poco para ella, y sin embargo fue tan generosa que no los midió ni los pesó. Recibió nuestro trato cotidiano como un milagro. ¿Hubiéramos podido mantener el secreto? Me dedicaba constantes atenciones. Cuando más de una vez zurció a escondidas algunas de mis prendas, alguien debió notarlo. Sí, seguramente. Los domingos guardaba para mí golosinas del almuerzo, como si fuera un niño que ella deseara malcriar. ¡Ay! Me amaba tanto, tanto, tanto.
Paseábamos con Flora y Miles por el parque, sin nadie más a la vista, podíamos abrazarnos, correr los cuatro en el césped, merendar bajo el sol. Fantaseábamos con la familia que nunca podríamos formar… incluso recuerdo que Miles tenía un hermoso parecido con sus ojos…cualquiera diría que eran nuestros hijos, excepto por las diferencias entre mi ropa de trabajo y la elegante vestimenta de los pequeños.
Éramos muy felices. Junto a ellos, cada día era una Navidad para mí. Pero lo bueno no dura, no. La tarde terrible en que nos besamos furtivamente, fuera de la vista de los niños, bajo un sauce, creí llegar al paraíso.
Lo que ocurrió al tiempo fue a pedido mío, lo confieso. Ella nunca se habría entregado a un hombre ilegalmente. Cuánto me arrepentí, cuánto sufrí luego. Pero no pude, no pude evitarlo. La amaba demasiado. El hecho pasó inadvertido fácilmente, pero no nuestra alegría, nuestro sentimiento. Recuerdo que la señora Grose murmuró durante un almuerzo que Jessel era un par de castañuelas. Aquella mujer tenía razón.
Le propuse a mi amada huir a alguna colonia lejana, vivir pobres, como marido y mujer, casarnos de verdad. Nadie sabría allá que yo era un sirviente, nadie anunciaría que mi mujer era institutriz y era superior a su marido en ¡ay! tantos aspectos…A mí no me perturbaba su sabiduría, su elegancia y su dominio del francés…pero ella… ¿cómo podría reposar en un ser inferior? ¿A quién respetaría y honraría, quién sería su guía? ¿Un mayordomo? No, no, más allá de su generosidad y abnegación yo no podría someterla a las habladurías, a los secreteos de los vecinos, a su arrogancia.
Nuestra felicidad en vida no duraría. Sin embargo, no acerté a imaginarme que la perderíamos tan pronto, tan repentinamente. No me enteré hasta que fue demasiado tarde. Esperaba un hijo mío. Yo nada había notado, pero hacía unos meses que la pobrecita había comenzado a fajarse y apretarse el corsé, comprimiendo a la criatura. ¡Qué dolor habrá sentido!
Mi pobre amor y mi pobre hijo, cómo pude no darme cuenta… El pequeño Miles lo supo cuando lo supe yo. Era tan maduro, casi un hombre. Nada pudo hacerse. Madre y bebé, víctimas del ocultamiento, de la presión a que fue sometido el vientre de mi amada. El embarazo se malogró. Ella volvió a casa de sus padres. Huí de Bly y la seguí, sólo para enterarme de su muerte. Regresé, no podía soportar a mi alma dentro del cuerpo, intenté adormecerla con alcohol, y fue inútil. Debía seguirla, como la había seguido en vida, y así fue.
Al principio no noté mi propia muerte. Sólo recuerdo que ella volvió. Nos reunimos de nuevo, en un descampado cercano a Bly. Pero no podía tocarla, ni ella a mí. Estábamos empobrecidos, nos sentíamos solos, terriblemente solos y desamparados. Mi pobre amor, cómo pude, cómo pude conducirla a ese estado. Pero los muertos no podemos llorar. Sólo sabemos esperar. Y así comenzamos una nueva era, una espera.
Esperábamos a nuestros niños, a nuestro Miles, a nuestra Flora. Nuestro bravo muchacho, rechazado en aquel colegio de señoritos, sólo por defender románticamente la unión ilegítima de su institutriz y su mayordomo, pobrecillo. Candoroso, apasionado, se inflamaba su ánimo al escuchar que su respetada señorita Jessel jamás podría convertirse en mi mujer. Tantas veces soñamos despiertos, tantas veces nos repitió que huyéramos a la India, describiéndonos los aromas, los colores, las costumbres que aún recordaba. Flora insistía en que viajáramos los cuatro, quería volver a pasear en elefante, ya no los recordaba, sólo tenía las imágenes de los libros.
Pero ahora todo es imposible. Somos un par de espectros, Jessel y Quint, un recuerdo nefasto, una sombra sobre Bly que todos quieren olvidar, excepto los niños. Ellos nos ven, nos perciben, nos extrañan. Saben que no los abandonaremos. Ni siquiera con la irrupción de la nueva institutriz, esa criatura endeble, nerviosa, tan indefensa, tan sugestionable. No sospeché que también sería capaz de verme. Quizás es por su edad, su juventud aún no le permite ser fuerte, no le ha endurecido los ojos, y aún sigue llorando ante la presencia de seres desdichados, como mi amada y yo. Siempre que nos sorprendía, buscábamos disminuir nuestro dolor, volvernos transparentes como el aire, insensibles, para que no nos advirtiera, para no menoscabar su ánimo. ¡Sería tan difícil para ella la situación! Indudablemente, no soportó la presión. Ha enviado de viaje a Flora, junto a Grose.
Sin embargo, sucedió hace unas horas algo maravilloso: Miles se me acercó. Yo estaba cerca de un ventanal, detrás del vidrio, en el jardín. Él lo atravesó, aunque no pudo tocarme. Dentro, en la sala, la joven institutriz apretaba contra su pecho a un Miles que ya no era Miles.
