Por Graciela Cabo
“¡Sólo me basta recordar aquella noche que llegó a mi habitación en ropas sensuales, con una vela y se sentó en mi cama!”
En la vida hay cuestiones que son inevitables. Cada uno en cierto momento debe tomar las riendas de su destino y moldearlo a su manera. Siempre lo supe.
Debo reconocer que durante mi infancia en Bly las cosas no fueron fáciles. En principio nos hirió la muerte de mi padre y desde entonces nos vimos sometidos a una vida de aislamiento y desafecto permanente por parte de nuestro tío. Digo nosotros porque Flora, mi hermana menor, sentía lo mismo que yo. No quería asistir al colegio pero mi tío no me dejó opciones acusando que la educación brindada por el Trinity College tenía un nivel excelente y me permitiría forjar mi futuro.
Los primeros tutores que tuvimos, la señorita Jessel y Peter Quint habían conseguido que dejásemos de lado las tensiones. Mi relación particular con Quint llamaba la atención del resto de los sirvientes fundamentalmente porque pasábamos largas horas del día juntos. Creo que nadie sabía que ello para mí era una experiencia exquisita. Él me enseñaba cosas para las cuales en mi mundo no había espacio. Con él aprendí a disfrutar de la vida, a sentir; manteníamos un verdadero pacto de silencio. Por aquellos días corroboré que lo bueno dura poco ya que ambos tutores decidieron huir juntos.
Entonces el vacío inundó mi corazón, aunque no por mucho tiempo. Una nueva institutriz llegó y esta vez era para quedarse. Una muchacha de unos 20 años, la hija menor de un humilde pastor había recibido la aprobación de nuestro tío luego de que él la embelesara con su porte de caballero, su actitud audaz y su fortuna. Claro, ¿cómo pude saber esto?, pues muy fácil, lo oí decírselo a Grosse, nuestra ama de llaves, en una noche de melancolía. No tardaron en hacerse amigas y esa situación no me agradaba particularmente. Grosse le contaba demasiadas cosas. De todas formas, desde el día de su llegada me había generado una cierta atracción. Su belleza, sus rasgos matizados con un aire infantil y su ternura me conmovían. Rápidamente pude percibir la seducción irresistible que yo le provocaba al punto tal que me convertí en su favorito. Ello hizo que Flora, mi hermanita, una niña con rostro dulce y carácter resentido, me sometiera a un distanciamiento permanente.
La institutriz, cuyo nombre prefiero preservar, intentó acercarse sensualmente a mí en varias ocasiones ¡Sólo me basta recordar aquella noche que llegó a mi habitación en ropas sensuales, con una vela y se sentó en mi cama! Ropaje sensual o no tanto porque era una capa de tela sobre otra capa de tela, sin embargo la situación me dominaba y no podía controlar mis impulsos; con tan sólo 11 años las enseñanzas de Quint ejercían en mí un poder supremo. ¡Cuánto lo echaba de menos! Ahora debía reprimir mis deseos. Después de todo ¿era un caballero, verdad? Sí, claro, un señorito ¡pero humano! Y se olvidaban de ello a menudo. Por un momento, vi en su rostro la cara de Quint, sus rasgos se habían vuelto masculinos. Deslicé mi mano por una de sus piernas y sentí su tibieza. Cerré los ojos, estaba extasiado. Los abrí y dirigí mi mirada a sus facciones, entonces recordé que era una mujer. La confusión en mi cabeza era tal que prefería desaparecer. Entonces ella me llamó por el nombre de mi tío y no pude soportarlo.
Esta circunstancia la comprendí mucho después; ella había trasladado a mí la atracción que sentía por él. Un alocado sentimiento de pasión la inundaba por dentro pero tenía prohibido comunicarse con él. Creo que esa realidad la atormentaba. Probablemente ello la llevó a ver fantasmas porque empezó a perseguirme con la idea de que Quint me visitaba en la mansión. Juraba verlo en las ventanas, acechando por ahí. Si hubiese sido cierto, mi rostro hubiese vuelto a expresar una sonrisa. Estaba muerto y no había vuelta que darle al asunto.
Mi indiferencia, mal disimulada, le molestaba. Cierto día quiso saber el secreto que guardaba, el verdadero motivo por el cual había sido echado del colegio. En ese encuentro recuerdo que no podía mirarla a los ojos, sólo había petrificado mi mirada a través de la ventana y le daba la espalda. Sé que comprendió que desde ese momento sería yo quien estuviese aislado. Me sentía turbado. Deseaba comprender si me sería útil continuar con ese calvario que día a día peregrinaba. Debía confesárselo, no era justo crear en ella expectativas que nunca cumpliría.
_Peter Quint cambió mi vida, señorita –exclamé apenas, aún sin mirarla. _Por ello tuve que irme de la escuela. Me gustan los hombres y no intente persuadirme porque es un sentimiento profundo y no un capricho.
Ella comenzó a llorar y no pude hacerme cargo de la situación. Me estrechó en un abrazo y me susurró al oído: _ Ya lo sabía. La señora Grosse me lo había contado. Ella siempre sospechó de la amistad que te unía a ese sirviente descarriado.
Ya no podía escuchar que se hablara mal de mi amigo. No había cumplido con los requisitos de mi estamento y por ello decidí irme lejos. Nunca más quise saber de ella ni de Flora, no me interesaba.
La historia, por supuesto, la escribí yo. ¿O por qué creen que tengo el manuscrito? Es
