Por Alejandro Gamboa
Es usual que, al subir a un colectivo, una persona, sin necesidad de encontrar asiento, enseguida abra un libro, prenda su celular o suba el volumen de su mp3/iPod. No sorprendería a nadie que su actividad perdure a lo largo de todo el viaje y que dicha distracción llegue a hacerlo no darse cuenta que tenía que bajar en la parada anterior.
Si señalo esta situación no es porque me moleste particularmente o me parezca moralmente condenable, por el contrario, admiro a quien pueda complementar diferentes actividades de manera tal de enriquecer su tiempo de la forma que mejor le plazca. El hecho que a mi me mueve, y casi me incomoda, es mi dificultad para proceder de la misma forma. Y si digo esto es porque lo he intentado. Ya sea con mi banda favorita o con el texto que imprescindiblemente tendría que tener leído para el momento de llegar a destino, me cuesta prosperar. Siempre hay algo que me lleva a quitarme los auriculares, a dejar de leer, a alzar la vista: una sensación de estar perdiéndome algo. (más…)