Por Dagmar Szuster
Hace algunos meses mis padres tuvieron que lidiar con la rebeldía de mi hermana menor. Habiendo vivido los primeros trece años desde que mi mamá la dio a luz, decidió escapar de su cuidado. Como todos hicimos alguna vez, ella había dicho que iría a dormir a lo de una amiga, pero, en cambio, el plan era otro: un bar, cervezas y vodka en una esquina, y fiesta en algún pseudo-salón con posterior desayuno en alguna confitería que abriera de madrugada. Confiadas, ella y sus amigas, de que tendrían transporte público para emprender el viaje de regreso a sus hogares, donde se esperaba en cada uno de ellos verlas llegar a la mañana temprano (tal como habían acordado cada una con sus padres), se tendieron su propia trampa. Esperaron, somnolientas, en una calle inmoral del barrio porteño San Cristóbal, a que pasara su colectivo mientras la hora en la que eran esperadas estaba cada vez más cerca. (más…)