Por Lucía Arenas
Lihuel y Quimey eran felices en nuestra tierra, pero intentaban no olvidar su antigua vida con los blancos. Sus ojos eran de un celeste profundo, aunque los de Lihuel tenían un tono más bien gris. Quimey llegó a nuestras tolderías cinco años antes que Lihuel. Por eso hablaba muy bien el araucano, aunque no había olvidado su lengua cristiana. Cuando Lihuel llego a nuestra tierra solo dejó que Quimey se acercara a él. El pobre estaba muy asustado y yo creo que lo aceptó porque los dos tenían casi la misma edad, y los mismos orígenes. Pronto se hicieron muy amigos. Uno le contó al otro cosas de su vida pasada y cómo en un malón los indios lo habían salvado de que lo pisara una yegua. (más…)